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De la parte Berlanga

La Tierra en los libros

De Barcones a Rello. 1957

Fragmento del libro "Por Tierras de Guadalajara y Soria. De Sigüenza a Gormaz" escrito por Fidel Vela, que nos cuenta su viaje a pie por estas tierras en el verano de 1957. El viajero sale de Barcones  y se dirige a Rello siguiendo  los caminos de herradura, hoy desdibujados, que acompañan al curso del rio Escalote. En las dos leguas cortas de trayecto, el viajero, al que acompaña un trecho el maestro de Barcones, encuentra en estas tierras altas de despejados horizontes, cuadrillas de segadores, manadas de buitres, y otros viajeros que también van a pie como él.
 
Para ir a Rello no hay carretera; hay un camino de herradura bastante aceptable. El Escalote, un hilillo de agua, acompaña a los caminantes un buen trecho. Después de atravesar a lo largo un prado verdegris, cruzan el río. A poco el camino asciende a la alta planicie y el Escalote, de juguete, se pierde en la garganta de un barranco. Donde la anchura del barranco lo permite, se ven algunos huertos de judías, patatas , berzas y remolacha. Los de Barcones denominan a este paraje la Huerta Murcia. Desde lo alto, el caminante, comprueba agradecido que todavía le es dado contemplar, aunque sea por última vez, el pueblo que deja, allá al fondo, medio confundido con el paisaje rojo y negro. Sobre Barcones flota una densa nube, dorada y brillante, que forma el polvo pajizo de las eras.

 

En "los hombros del gigante", se pierde la vista en cualquier dirección que se mire. Al otro lado del horizonte, podría aparecer el mar, el desierto o quién sabe qué. Los montes de mies puntean los rastrojos. Algunas cuadrillas de segadores, esparcidas por la llanura, trabajan sin descanso. Se ven caballerías transportando la mies, por todos los caminos, balanceándose como barcos hacia el puerto. Los caminantes se apartan si no quieren verse arrollados. Tras las mulas andan los hombres aprisa, para seguirlas. Llevan la cabeza baja y marcadas en sus rostros las duras huellas del trabajo. Ni uno solo ha pasado sin saludar cortesmente a los caminantes.
A medida que estos avanzan el campo ancho, interminable, se va quedando más solo. Ya han dejado de ver los hombres, las mulas y una espesa e inquietante soledad domina la gran llanura. A la derecha, distante, se adivina Barahona de las Brujas: confusa, imprecisa, la torre de su iglesia. Hace muchos años, cuando Ortega y Gasset llegó a Barahona, el vecindario entero perseguía un enjambre que se había escapado. "El enjambre se prende a una arista de la torre, en lo más alto del pueblo, y el último sol hace de él un espléndido e hirviente racimo de oro". Ahí queda eso. Mejor, imposible.
 A la izquierda se divisa una atalaya redonda sobre un alcor. Existieron, según el maestro, siete u ocho atalayas para comunicar Berlanga con Sigüenza, pero no han resistido el paso del tiempo más que dos o tres. Del resto, ni una piedra se conserva. El maestro y el caminante llevan una conversación fluida y animada. Han hablado ya de muchas cosas. Pero al final, el caminante opta por escuchar solamente: para eso ha salido de su casa.
 _Aquí, en Barcones, los chicos han desarrollado un gran sentido de la ironía _dice el maestro_. La heredaron de mi antecesor, que era un satírico de cuidado. Pobre del forastero que quiera dárselas. Se lo comen vivo.
 _¡Qué bárbaros!
 - El caso, que antes la gente no era así. Pero aquel hombre consiguió inculcarles su temperamento. En verdad, que si un profesor se lo propone hace de los chicos lo que le dé la gana.
 Cuatro o cinco buitres vuelan en círculo a gran altura, bajo el cielo azul cencido.
Estos quebrantahuesos o abantos _el maestro los señala con los ojos_ por esta zona son muy peligrosos. Entérese de lo me sucedió hace tan solo un par de años o tres. Venía yo de Rello con una perra que tenía, tuerta la pobrecilla y bastante vieja. Siempre iba delante de mí, como a unos treinta metros. De pronto, se presentaron seis o siete quebrantahuesos grandes,como camellos, y se tiraron sobre ella en picado, igual que los aviones de combate. La perra comenzó a chillar, enloquecida. Supuse que al primer intento ya la habían herido. Repuesto de la sorpresa, cogí algunas piedras y se las tiré para espantarlos, pero los muy putas, me hicieron cara y no pude evitar que se la comieran. A la pobre le habían sacado el ojo que le quedaba y corría de acá para allá sin rumbo, dando unos alaridos estremecedores, casi humanos.
 Hace una pausa, inclina la cabeza apenado y continúa:
 _Luego, la tiraron al suelo y la despanzurraron en un santiamén.
 El maestro no abandona todavía el tema de los buitres.
 _Algunas ovejas, se caen en los surcos profundos o de rajalomo, como les llaman por aquí, y les resulta difícil incorporarse. Si el pastor no se da cuenta, llegan los abantos y se las zampan, empezándolas por la barriga.
 Aunque sopla una ligera brisa, el sol aprieta de lo lindo. El maestro se ha desprendido del jersey y va en mangas de camisa. Los caminantes han dejado de hablar, marchan en silencio, a buen paso. El sudor les brota de las frentes. No se ve un alma en los alrededores, el campo sigue inhabitado. Algunas avenas raquíticas permanecen aún sin segar.
 Del resto, sólo quedan las rastrojeras limpias. El caminante ha invitado varias veces a su compañero a que se vuelva, pero él desea continuar un poco más.
 _Este camino no tiene pierde, mas para uno que no lo ha seguido nunca, siempre le resulta algo complicado. Dos kilómetros antes de llegar a Rello ya se divisan sus murallas.
 Media hora más tarde el maestro decide regresar.
 _ Bueno. Supongo que sabrá llegar. Todo esto adelante, sin torcerse.
 _Sí, sí. Creo que daré con el pueblo.
 _ En cualquier caso, alguien se encontrará por el camino.
 El maestro se ha parado, titubea. El caminante, que lo nota, le saca del apuro.
 _Adiós, señor maestro. Muchas gracias por todo.
 _De nada, hombre. Las gracias a usted que me ha librado de unas horas de aburrimiento.Se estrechan las manos.
 _Adiós.

 Cuando el caminante comienza a descender, vuelve la cabeza y ya no ve al maestro. Se ha quedado solo sobre la tierra y bajo el cielo. Experimenta, de súbito, una extraña, una fugaz inquietud. Y aprieta el paso. Recorridos unos kilómetros, al caminante le asalta la duda. Ha superado algunas bifurcaciones, el camino se le antoja menos nítido, menos hollado; de Rello, ni rastros. No le gustaría que le cogiera la noche por estos andurriales...

 Pero su intranquilidad se desvanece pronto. Dos hombres siegan avena a unos cien metros del camino. El caminante se acerca a preguntarles. Visten camisa azul y zahones blancos de fuerte lienzo.

 _Reyo ... Reyo ... Yo creo que es el pueblo donde ha ido nuestro amo _vacilan los segadores. Parecen andaluces o cosa así y, desde luego, el caminante infiere que están a dos velas, como él mismo. Les ofrece un trago de vino, que trasiegan con ganas, sin hacerse rogar.
 _Adiós, amigos.
 _Adió, que le vaya a usté bien.
 Sin otras palabras, se agachan de nuevo hacia la tierra pobre estos hijos de ubérrima tierra. Y el caminante sigue con la incertidumbre de antes.
 La vereda continúa descendiendo, entre trochas y quebradas, hasta desembocar en un profundo barranco. Discurre paralela al borde mismo del cauce de una sinuosa y angosta torrentera, de cuyas paredes cuelgan algunas matas de polvorientas endrinas. Ha cambiado bruscamente el color de la tierra, que es ahora blanca y gredosa, sin pizca de arena. Este barranco irrumpe a su vez en otro de mayor amplitud, por el que se desliza el Escalote con algo más de agua. En el río, el caminante se lava las manos y bebe un sorbo, esperando que sea cierto aquello de que agua corriente no mata a la gente. A la izquierda, se yerguen tres rocas blancas y encarnadas, muy próximas entre sí, esbeltas, arrogantes, algo erosionadas por la intemperie, que se diría estatuas femeninas de cuerpo entero. El caminante cruza el río y prosigue la marcha, en la esperanza de seguir el buen camino. Espesos juncos cubren el Escalote. No se ve ni un pájaro.

Poco más tarde aparece un hombre precediendo a una mula. La mula carga un serón con dos garrafas de vino.

_¿Voy bien por aquí a Rello? _pregunta el caminante.

_Si, sí. Va usted bien. En asomando a ese morro, ya verá las murallas _responde el hombre, deteniéndose. La mula aprovecha la parada imprevista para mordisquear en el suelo.

_¿Cree que encontraré posada?
_ Pues lo dificulto. Es un pueblo pequeño.
_Bueno, muchas gracias, ¡eh!
_Adiós, hombre. No hay de qué.
 El barranco se abre a un extenso valle y aparece al frente una frondosa arboleda de chopos, mimbreras y olmos. Desde Barcones, estos son los primeros árboles que ve el caminante. En todo el trayecto ha sido acompañado por vegetación rateriza: tomillo, salvia, lechetrezna, cantueso y algo de ajedrea seca y olorosa. Y por fin, al fondo, se entreluce la muralla de Rello, a través de los árboles.
 A siniestra, un camino blanco serpentea por la falda de un cerro luengo y desparramado. Entre el río y los huertos, un hombre de avanzada edad, se ensaña contra un chopo derribado, golpeándolo tenazmente con el hacha. Pese a la cercanía, los hachazos se perciben débiles, lejanos. No consiguen turbar el denso silencio del paraje. El caminante da al hombre las buenas tardes. El hombre reacciona de mala gana, sin levantar la cabeza, continuando a medias su trabajo.
_ Buenas _dice.
_¿Qué, se trabaja
 _Aquí estamos, pasando el rato.

Cien metros más allá, el caminante se desprende de la mochila y, sin más, se tumba a la sombra benefactora de los chopos. Pasado un buen rato, se desnuda de cintura para arriba y se remoja el torso en un remanso del Escalote, con lo cual, vuelve a sentirse como nuevo, alegre, limpio de polvo y sudor. Sentado en un tronco añoso, se fuma un cigarro fresco, acariciador, reconfortante y se echa al coleto un generoso trago de vino tinto. Con la mirada fija en el horizonte, le invade un dulce sopor, un lánguido bienestar _imágenes seráficas, proyectos y recuerdos luminosos_, que han estado a punto de adormecerlo un poco. Pero suena la señal de alerta que lleva dentro y se apercibe que no ha salido por los caminos para dormitar en la primera sombra placentera.

Cinco mulas en fila pasan por una senda abierta en los rastrojos. En la primera de ellas, va montado un hombre a lo mujer, que mira insistentemente al semidesnudo caminante. El viento, arriba, bufando, doblega las copas de los árboles. De vez en cuando se desploman algunas ramas secas. Frente al caminante, unos pequeños huertos sembrados de remolacha, berzas y judías, se parcelan entre sí mediante unas endebles paredes, construidas a un solo hilo, piedra sobre piedra, que nadie sabe cómo se mantienen todavía en pie. Alguna que otra zarzamora ayuda a remarcar los lindes. Los árboles frutales brillan por su ausencia.
Antes de iniciar la cuesta para subir a Rello, a mano derecha, se levanta un molino de trigo que, a juzgar por el agua del río, de molino nada. Pero tiene rosas en todas partes, abundante follaje y un árbol copudo, de grueso tronco, que invita a sentarse plácidamente bajo su patriarcal tutela. Al caminante le gustaría poseer un molino como éste, íntimo, recoleto, de más quietud que trabajo.
Al divisar Rello por entero, el caminante queda profundamente impresionado.
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Castigo ejemplar

Esta breve historia bien pudiera haber acontecido en Rello (Fuentepinilla, Berlanga, Gormaz, Caracena, Fresno...) en oscura fecha de la que no quisiera acordarme:
Acababan de cantar los gallos cuando, del camaranchón que hacía las veces de cárcel concejil, salió el reo a remolque del alguacil que tiraba de la cuerda que sujetaba sus muñecas. Cada treinta pasos el pregonero iba gritando: “¡Por vender pescado podre!. ¡Por vender pescado podre!”. 

Según atravesaban las calles de la población se iban agregando gentes curiosas, aún adormiladas, que fueron formando un cortejo que no tardó en desembocar en la pradera donde se celebraba el mercado semanal. Los comerciantes, que ya estaban empezando a montar sus tenderetes, se detuvieron durante unos instantes para observar al colega al que se le iba a aplicar el castigo, tras de lo cual siguieron con sus quehaceres no sin antes balancear conmiserativamente la cabeza. 

 El grupo, encabezado por el pregonero, el alguacil y su preso, se dirigió a un extremo del prado donde ya se alzaba un pequeño tablado de donde emergía verticalmente una elevada viga de madera coronada por una argolla, de la que colgaba una gruesa cadena de hierro en uno de cuyos extremos, apoyada en el suelo, descansaba la picota, una pequeña viga horizontal perforada por tres agujeros, simulando ojos que mirasen asombrados a los que se acercaban. Llegados reo y alguacil al tabladillo, el pregonero, dando por terminado su trabajo se mezcló entre los espectadores. 
Soltole las manos el sayón al condenado y, tras despojarle de la camisa, que arrojó a un lado, procedió a manipular el cepo que, como si de una gran mandíbula se tratase, cerró de un golpe sobre el cuello y ambas muñecas del cautivo, pasando a continuación a tirar del otro extremo de la cadena, el que pasaba por la argolla mencionada, hasta ajustar una altura en la que el recluso debería, si quería gozar de un mínimo de comodidad, apoyarse sobre sus rodillas, pequeña venganza personal por no haber recibido ningún óbolo por parte del reo. 

Tras echar una ojeada al conjunto de su obra, y dirigiéndose a su víctima, dijo:”Cuatro horas, hasta dentro de cuatro horas” y sin mas diose media vuelta y se dirigió a ocuparse de sus muchas obligaciones, entre las que entraban comprobar que los diferentes vinateros llegados a la feria no bautizasen excesivamente la mercancía. 

Y allí quedó el condenado, cada vez más solo, ya que una vez pasada la novedad, la multitud comenzó a dispersarse por el mercadillo. Ahora solo le quedaba esperar que la chiquillería del lugar no fuese demasiado cruel y se limitaran a arrojarle bostas de vaca o de caballería, aunque no era raro que, en estas cuitas, también se colase algún morrillo. De momento se concentró en no perder de vista, vigilante, su camisa, que yacía en un extremo del tabladillo hecha un gurruño, mientras pensaba.”Bueno, por lo menos, a estas alturas de mayo, el sol no castigará demasiado en estas cuatro horas..."
La población de Rello cuenta con uno de los escasos ejemplos de rollo de jurisdicción señorial que es al tiempo picota. Se trata de una bombarda del siglo XVI con cinco argollas de sujeción, siendo uno de los más interesantes, y el único de metal, en España. De esta picota procede el trabalenguas que recitan los niños de las Tierras de Berlanga y Medinaceli en las escuelas y dice así El rollo de Rello es de hierro
Fuente: http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=2910#ixzz2BYAdpWjt

Hemos citado arriba las picotas que quedan por Berlanga y sus contornos. Muchas desaparecieron a tenor de una ley de la Constitución de Cadiz, que ya entonces la mayor parte de los pueblos se pasó por el forro. Tenemos que hacer una referencia obligada a la que con toda seguridad hubo en Andaluz y de la que no queda ni rastro, probablemente porque al mudar la capital del Señorío a Fuentepinilla, sería desmontada o reutilizada en alguna otra obra comunal.

El colmenero poeta

Recibimos hace unos días un correo de Angel García, avisándonos de la puesta en circulación de un libro publicado por el Instituto de estudios riojanos, titulado "El colmenero poeta".
La obra es un tratado de apicultura en verso, escrito en el siglo XIX, rescatado por el jurista Fernando Fernández de Bobadilla al que se lo había regalado un vecino de Berlanga en 1949, como agradecimiento a su labor como juez. El probable autor del libro fue un sacerdote que ejerció en la Tierra de Berlanga llamado Julian Casado.
 
"El colmenero poeta" nos relata a través de una amena conversación entre el maestro (Alfonso) y el aprendiz (Miguel)  el recorrido detallado del oficio de la apicultura en la comarca de Berlanga, actividad de la que ya se ha hablado en este blog, empezando por las cualidades de  "las buenas abejas", y pasando por cómo tener a punto las colmenas, los hornos y las herramientas, y el calendario de las tareas que requieren las colmenas a lo largo del año.
Estamos buscando el libro con avidez y daremos mas noticias cuando lo encontremos.

Gracias y desgracias...

Del libro "Gracias y desgracias de Castilla la Vieja"

de Ramón Carnicer

Crónica de una visita a Berlanga en el año 1973

Hoy, miércoles, es día de mercado en Berlanga. El taxista de Almazán me deja en la plaza Mayor, abigarrada, graciosa en la pobre irregularidad de sus viviendas de dos plantas, con soportal sostenido por postes de madera. No es un mercado importante; debió de serlo en un ayer difícil de precisar ("Ahora somos mil cuatrocientas personas, la mitad que antes".)Hay a la venta pollos de quince días (dan siete por cien pesetas) y pollas algo mayores (a treinta pesetas cada una). Unos y otras vienen con sus vendedores desde Ciudad Real. Además, objetos de plástico, de un verde o un amarillo triste, sintético; telas y ropas hechas, caramelos, ajos, cebollas, alubias blancas y negras, garbanzos, algo de verdura, peras ("De verdad -me dice la vendedora-, no de esas que ponen en las cámaras").
 
Son unas peras acaso jugosas, pero con color de patatas viejas, arrugadas e irregulares, dramáticas, como si hubieran luchado encarnizadamente con la naturaleza para llegar a hacerse. Uno de los vendedores de ropa hecha y cosas de punto se queja de que hoy le han cobrado diez duros por el puesto, en lugar de los cinco de otras veces. Menos mal que no limitan el espacio. De todas maneras -me explica- es mucho menos que en Avilés, a cuyo mercado va en ocasiones y donde le hacen pagar veinte duros el metro cuadrado, y muy medido. Este hombre, que vive en Madrid, y otros de estos feriantes ruedan con sus furgonetas por toda España. Dialoga también con él un tendero de la propia plaza Mayor que vende de todo y acaba de recibir una carga de pilones de sal para las vacas de leche. Me extraño, en broma, de que viniendo a competir con su negocio sea amigo de los vendedores trajinantes.
-Bueno, yo ahora tengo tienda, y la más antigua de Berlanga, pero antes vendí también por todas las provincias, y fui músico de jazz; tocaba el trombón.
 
En esta misma plaza está el ayuntamiento. Se lee en su fachada: "A la memoria del Cid Campeador, primer señor y alcalde de esta villa, la que generosamente acogió a sus hijas en su viaje a Valencia"; es decir, en la noche pasada aquí tras el maltrato de Corpes y la convalecencia en San Esteban de Gormaz.
Desde la plaza voy al cerro donde se alza el que un día fue hermoso castillo. Aun sigue siéndolo en lo que perdura de su fuerte estructura, aligerada por la fina torre del homenaje. Al pie del cerro quedan lienzos y torreones de la muralla antepuesta. Antes de llegar, paso frente a una puerta por donde asoma un cura ensotanado. Trepa pared arriba una parra que me da pretexto para detenerme y ponderar sus muchas ramificaciones. El cura agradece los elogios; pero los fríos, me dice, raramente hacen madurar las uvas. Al anunciarle que voy hacia el castillo, decide acompañarme. Es un clérigo de la vieja escuela, aunque, entre cautelosas condenas de la modernidad, no se decide a confesarlo. Yo lo animo por ese lado y poco a poco se franquea. Uno nunca rehuye el contacto con los curas a la antigua, mas que nada porque son referencias fijas de nuestra comunidad. Quiero decir que acerca de un cura tradicional no hay que molestarse en pensar mucho ni cabe esperar grandes novedades. Son seres de frutos tan previsibles como un peral o una higuera. Y como el ser humano tiene en lo cotidiano, a lo estable, a lo conocido...
Además un cura a la antigua puede servir de contraste ante lo nuevo y de recuerdo de lo que va perdiéndose. En cambio, ¿qué puede esperarse de una cosa tan aburrida como un cura de la nueva ola? Lo malo es que este cura de Berlanga no pertenece del todo a la especie maciza y a extinguir de los curas viejos. Es un pobre hombre que vive aun, a sus cincuenta y tantos años, en la retórica del seminario y dice a cada momento "ambos", "redil", "sagrada cátedra", "caótico y anárquico", "sindéresis", "promiscuidad y concupiscencia"... y para nombrar al obispo dice siempre "Su Ilustrísima". Aprovechando lo de concupiscencia le pregunto si va mucha gente a misa. Me contesta que no, y añade que como sus predecesores dejaban mucho que desear, no es posible hacer mucha fuerza. Llegados a la cumbre del castillo, comentamos un rato la magnífica vista de Berlanga. Después nos acercamos al profundo y pétreo tajo del rio Escalote, a cuyo pie está el parque de la Arboleda.
-A veces, ni en lo más riguroso del verano se sufre el frio de ahí abajo -advierte el cura.
 
El acceso natural al castillo es una puerta, al pie del cerro, contigua al palacio renacentista de los Tovar, señores de Berlanga, y marqueses de la villa desde los tiempos de Carlos I, título que pronto se uniría al de duque de Frías, procedente de la misma familia. A un miembro de ella, don Íñigo Fernández de Velasco, condestable de Castilla, encomendó el emperador la custodia del Delfín de Francia y de su hermano el duque de Orleans, rehenes después de lo de Pavía, custodia que, una vez muerto, pasaría a su hermano Pedro, también condestable. Aqui estuvieron un tiempo los rehenes. Tenía este palacio un gran patio, jardines y terrazas, fuentes y estatuas; pero todo desapareció a raíz del incendio por los franceses en 1811, salvo la gran fachada entre dos torres. Sobre el dintel de la entrada, donde se halla el escudo de los Tovar, se lee, tomado de los Proverbios: Sapientia aedificabitur domus, et prudentia roborabitur, ironías que a veces se permite la realidad con los propósitos humanos.
Me despedí del cura. En el gran espacio que media entre la fachada y una línea de humildes casas con soportal, se hace ahora el mercado de cerdos de cría. Están metidos los animales en unos cajones y son de dos meses. Llevan en la oreja una contraseña de plástico azul, indicadora de todas sus vacunas y garantías. ("Con cuatro meses de engorde se pone en cien quilos, que son ochenta en canal".) Los cerdos tienen una piel tan sonrosada y están tan limpios que uno piensa en la conveniencia de cambiar el viejo y ofensivo nombre de estos animales.
Junto a los cajones y sus mercantes hay hombres que vienen a observar y a tomar el sol. Me arrimo a dos de ellos, y a mis preguntas aseguran que los setecientos vecinos de Berlanga han quedado reducidos a poco más de la mitad, lo cual confirma la cifra de mil cuatrocientos habitantes que me dieron en la plaza. Pero hay mucho ganado: vacas (uno solo de los vecinos tiene cuarenta) y sobre todo ovejas (unas tres mil). Y muchos cerdos también.
 
Existe una cooperativa con treinta mil gallinas, doscientos cerdos y doscientos chotos. Ante mis exclamaciones objeta uno:  -Total, nada. Aqui lo que necesitamos es un par de fábricas para que no se vaya la juventud.  -¿y, de qué han de ser las fábricas?  -Eso... allá los técnicos. Mire usted, si se monta aquí una fábrica los cinco números de la Guardia Civil que tenemos en Berlanga bastan para contener a la obrería. Calcule usted si sería ahorro, con toda la policía que hay en las ciudades para sujetar a los de las fábricas.
 
Al parecer ha habido intentos fabriles. Unos de Illueca, por ejemplo, querían poner una fábrica de calzado, pero no traían dinero y la Caja les dijo que no. "Traían solo el talento" rie el que lo cuenta.  -Y ahí por la parte de Almazán -añade el otro- se presentó un día un catalán para montar una fábrica de tejidos. El proyecto era de ciento veinte millones de pesetas, y el traía veinte, según contaba. El gobierno estaba dispuesto a dar el crédito, pero claro, mandó antes unos economistas. Uno de ellos, ¿te acuerdas, Tomás? era listísimo. Pues bueno, le dijo el economista, muy bien, pero lo primero que ha de salir al ruedo son sus millones, y el Gobierno ha de controlar el asunto. El otro dijo que no, que él quería libertad de acción. Los del Gobierno se cerraron, y no hubo arreglo.  
 -¿Y el campo, cómo va?  
 -Bien. Ahora, con los fertilizantes, lo sembrado se multiplica por diez, el doble o más que años atrás, cuando parecía que coger diez granos por uno parecía una barbaridad.  
 
Más tarde me acerco a un extremo de los soportales, donde un esquilador pela una mula. Después de un rato presenciando la operación, me dice uno de los mirones:
  -¿De ande es el hombre?
Respondo y entro en diálogo con ellos. Al cabo de poco, el esquilador, Juan, el único que queda por estos contornos, me pregunta:  
 -A ver, ¿cuanto le parece a usted que cobro por este trabajo?  
 -Hombre, depende de lo que tarde.  
 -Pongamos una hora.  
 -Pues ciento o ciento veinticinco pesetas.  
 -¿Lo veis? Sepa usted que cobro cuarenta. Y me canso. Soy viejo ya.  
 -¿Viejo tu? ¿Entonces qué seré yo? -dice un hombre muy gordo.  
 -¿Cuantos años tiene usted? -pregunta el esquilador a Leoncio, que tal es su nombre.  
 -Ochenta y cinco. Conque mira tu si eres joven con setenta y cinco.
En el grupo está también Valentín, herrador, que cobra cinco duros por poner una herradura y trabaja con un veterinario. Dice, respetuoso con las jefaturas:  
 -Ellos, los veterinarios saben la teoría; nosotros, la práctica.
 
A continuación me explica en qué consiste la aguadura, un mal que les entra a las caballerías en la palma y que él sabe curar muy bien con cataplasmas de salvado, agua y vinagre. Me meto después por una calle donde se ve una bonita casa gótico-renacentista, comprada por un suizo para llevársela a su país, cosa que al fin no le autorizaron. Sigo adelante y pregunto el nombre de esta calle a una mujer.  
 -Yo soy de Morales -me contesta  
 -Es la calle Real -aclara un transeúnte- Ahora le llaman del General Mola.
Más adelante veo el taller de un cordelero. También es tapicero, me explica, y tiene a la vista, contra una pared, toda la sillería de un bar para renovarle los desgarrados plásticos. Además compra y vende cencerros, braseros, puertas cuarteronas, candiles "y todas las pijadas que se presentan"
 
  
Recorro casi todo el pueblo, en su mayoría de casas de adobe, al natural o enlucido, -con ladrillo alguna vez-, y entramado de madera también. Atravieso la bonita puerta de Aguilera, con sus almenas en lo alto, restos de la antigua muralla, y vuelvo a la plaza Mayor. Me siento en uno de los bancos junto a un viejo que hace en el suelo dibujos ilusorios con su bastón; ilusorios porque la plaza está encementada. Enseguida de sentarme entablamos diálogo; la gente de Berlanga es extremadamente comunicativa. El viejo no está conforme con mis elogios del pueblo:
   -No vale nada. Las casas son muy viejas y se hunden: Por eso edifican ahora en las afueras. ¿Ha visto las escuelas?  -Las están ampliando para traer todos los chicos de alrededor. Algo animará esto. Diez maestros tendremos aquí.
Sigue con sus dibujos.  
  -Lo que más vale de Berlanga es la Colegiata. Ya la habrá visto, ¿no?
   -Ahora voy a ir. Pasé dos veces por delante.
   -¡Pero hombre!, hay que verla en seguida. Por cierto, cuando entre, fíjese usted en la piel de ardacho que está colgada junto a la puerta, a mano derecha.
   -¿Ardacho?
   -¡El ardacho es un lagarto, hombre!
   -¿Y qué hace allí esta piel de lagarto?
  -Es la historia más célebre de Berlanga, hombre, y eso que aquí hay mucha historia. Ya veo que usted no es de esta parte. Me pareció por el habla
   -No, no lo soy. ¿Qué historia fue esa?
   -Pues que hubo un tiempo, ¡qué se yo cuándo!, en que un chaval, un pastor, cogio un ardacho, bueno, un lagarto; y dio en cuidarlo y alimentarlo con leche. Lo soltaba a la atardecida, cuando volvía con el ganado, y a la mañana tocaba un pito, un flautín o qué se yo qué y aparecía el ardacho para recibir su alimento, la leche que le presentaba el pastor en una escudilla de madera de las que usábamos antes los labradores para beber vino los días de fiesta. Total, que pasaron los años y el lagarto se hizo muy grande, una cosa nunca vista en estos animales, hasta que el chaval llegó a mozo y tuvo que ir a servir al Rey. Entonces el lagarto, a falta de su protector y de la leche que le daba, dio en la mala cosa de ir al cementerio y, sin respetar el sagrado, desenterraba los muertos y se los comía. El pueblo estaba asustado y no sabían qué hacer. Conque cumple el mozo su servicio, vuelve al pueblo  y al ver el daño que estaba causando, acordó con los vecinos hacerlo caer en un cepo. Así fue, lo mataron y con permiso del señor cura pusieron la piel donde le dije.
 
  
 La colegiata, del siglo XVI, tiene empaque de catedral. Es obra de la mencionada familia de los Tovar. Antes de hacerla, las diez parroquias de Berlanga las fueron concentrando los marqueses en la de Santa María del Mercado, que convirtieron en colegiata y que luego alzaron, en solo cuatro años, en su planta actual. La proyectó el arquitecto Juan de Rasines, a quien elogiaron grandemente Lampérez y Sabatini. Y con razón. Hay en ella además, buenas tallas, rejas y retablos. Lo malo es el polvo y el abandono, que van dándole, por dentro, un aire tristón y decrépito; porque en el exterior luce mucho la belleza de sus doradas piedras.
 
 Recorro el templo y me detengo a la izquierda en la capilla de los Bravo de Lagunas, dos hermanos gemelos, el uno alcaide de Atienza y el otro obispo de Coria. Presidida por un bonitísimo retablo gótico, tiene en su centro el sepulcro y las estatuas yacentes de los gemelos. Al cabo opuesto, en la capilla de los Cristos, está el sarcófago de Fray Tomás de Berlanga, el hijo más ilustre de este pueblo. Ingresó en la orden de los dominicos en San Esteban de Salamanca y fue uno de los primeros entre los de su orden en llegar a La Española, en 1510. En 1522, siendo prior allá, impuso el hábito dominico a Fray Bartolomé de las Casas, de cuyas ideas en favor de los indios participaba. Antes en 1517, y a este fin, firmó una carta colectiva para Cisneros.
 
En uno de sus viajes a España en 1533, fue presentado a Carlos I y recibió el nombramiento de obispo de Panamá y Tierra Firme. Después, y por encargo del propio emperador, fue al Perú, con objeto de mediar en las disensiones entre Pizarro y Almagro y para indagar al paso sobre las razas y la geografía de aquel territorio. Mas que por todo eso y por su elocuencia como predicador, sería conocido por su curiosidad de naturalista. El fue quien introdujo en América el plátano africano o guineo, llamado un tiempo "dominico" por la orden a que pertenecía, y se dijo que trajo el tomate a España. Pero aun nos importa mas subrayar su descubrimiento de las islas Galápagos, archipiélago del Pacífico, formado por catorce islas mayores y numerosos islotes e islas menores, sorprendentes por sus extrañas formas volcánicas y por la mansedumbre de los animales que las habitaban, islas que durante un tiempo recibieron el nombre de Encantadas.
 
 Pues bien, en 1831, un hombre que estuvo próximo a ser eclesiástico de su religión, Charles Darwin, embarcaba en el Beagle para hacer un viaje alrededor del mundo que habría de durar cinco años. Al emprenderlo, Darwin creía en la inmutabilidad de las especies, pero al retorno estaba convencido de su evolución, cosa que encresparía hasta hace no mucho a los teólogos más rigurosos, porque ello venía a contradecir la interpretación tradicional de algunos versículos del Génesis relativos a la Creación. Lo curioso en relación con Berlanga es que la clave de la nueva teoría fue hallada por Darwin, próximo a cumplirse el cuarto año de su periplo, cuando al encaminarse a la Polinesia, el Beagle vino a parar a Las Galápagos, las islas descubiertas por el fraile exactamente tres siglos antes, en 1535. El aislamiento y la necesidad de sobrevivir habían determinado la evolución de la fauna insular.
Mientras, dispuesto a salir, contemplo el ardacho, aparece el cura.
   -¿Qué le ha parecido la colegiata?
   -Magnífica. Diga usted, ¿es este el ardacho que se alimentaba de cadáveres?
   -Este es el caimán que trajo de las Indias fray Tomás de Berlanga, para dar solaz a sus compatricios con una alimaña jamás vista cabe el Duero, y menos aún cabe el Escalote. El mismo la disecó.
   -¿Y como surgió esa historia del lagarto y el pastor?
   -Esa es una historia falsa, hija de la incultura y de la impiedad. De ambas, la incultura y la impiedad, debemos huir como de Lucifer.
   -De todas maneras, sería interesante saber como se forjó.
   -Con la mentira y con Lucifer no se debe jugar nunca.
   -Ya. Lo malo es que no siempre resulta fácil distinguir la verdad de la mentira.
   -Si, señor. Para eso está la sindéresis.
   -¡Ah, claro! Pues buenos días señor cura.
  -Dos pasos después me vuelvo para decirle- Se me olvidaba, ¿por donde queda la Yubería, es decir, lo que fue judería de Berlanga? Tengo entendido que fue importante en la Edad Media.
    -Allá por el Mirador de las Montas. -Ahora es el cura quién despues de dar unos pasos se vuelve-: Pero oiga, veo que a usted le interesan las cosas raras y confusas.   
  -A veces sí  -Pues que Dios nuestro señor alumbre sus pasos y le dé paz.
Mientras doy vuelta a la Colegiata por la parte de la torre, pienso en los cuidados del fraile para que su caimán disecado llegara sin daño, primero de Panamá a Sevilla, y luego por tierra, desde Sevilla a Berlanga, allá en 1541, en su último viaje a Europa. Aceptada cuatro años más tarde su renuncia a la diócesis americana, el fraile se instaló en su pueblo, donde murió en 1551. En otro muro de la colegiata, pasada la torre, veo sobre un dintel este letrero, nunca visto por mi en España: "Iglesia de asilo", vieja inmunidad que en estos últimos años parece renacer. Cuando este cartel se puso aquí, las autoridades civiles no podían prender a los reos acogidos a la colegiata. Tiempo hubo en que la inmunidad alcanzaba a todas las iglesias y conventos, y como ciudades y villas estaban llenos de ellos, ofrecían un seguro ideal para los injustamente perseguidos, y también para los criminales manifiestos y para los comerciantes en quiebra. Y no solo esto, sino que se hacía contrabando en los templos, a favor de tal asilo y de la amenaza de entredicho, excomunión y otras penas con que eran castigados los trasgresores de la inmunidad.
A la hora de comer me meto en el figón La Pajarita, y aun doy después una vuelta por las antiguas calles. En una de ellas, la de la Iglesia, me encuentro con Inocente Rodríguez. Está medio tullido de las piernas. ("Por la pleura y la reuma, de cuando hicimos la traída de aguas, va para cuatro años. Sesenta y cinco tengo ahora.")
 
Arrimado a la pared y con los bastones a un lado, está afilando unos cuchillos en la ventana de una casa próxima a la suya. Mañana harán la matanza. Me habla Inocente de un libro que tenía con toda la historia de Berlanga:
   -Todo se explicaba allí. Pero lo presté y no me lo devolvieron. Era un libro que no se pagaba con nada.
Con otras ponderaciones tan reverenciales hacia los libros como las oídas en Robledo de Corpes, recuerda Inocente los pasos e imágenes de la Pasión que, según el libro, habían hecho famosas las procesiones de Berlanga:
   -Se guardaban en la ermita de la Soledad, y ya no existen. Los quemaron los franceses. ¿Y sabe usted por qué? Para dar fuego a las calderas donde cocían los ranchos. ¡Qué le parece!
Inocente Rodríguez, a más de albañil, fue en su día enterrador y campanero. Tras la recapitulación nostálgica de sus profesiones, dice cuando me despido:
  -Ahora soy un pobre desgraciado.
  -Todos lo somos -contesto para animarlo.
 Al acabar la calle de la Iglesia me vuelvo hacia atrás y veo, apoyado en la pared, al pobre Inocente, que, correspondiendo a mi saludo, alza con enorme tristeza uno de los bastones.
Después, en un taxi, voy al Burgo de Osma. Lo conduce un joven yeyé, una especie de Adonis rural, el hijo del taxista Periquín. Él y sus amigos van a divertirse a Almazán, El Burgo y Soria, pero sobre todo a Aranda de Duero. Atravesamos amplias zonas de pinares, de algunos de los cuales penden nidales de madera de distintos colores colocados por el Servicio de plagas forestales. Tras mil estériles luchas contra los insectos nocivos, han optado los técnicos por proteger ciertas aves insectívoras, con buen resultado, al parecer.

El Cid de Tierra Berlanga

Don Fredes, Fredesvinto de Grado, que fue cura de Berlanga en los años cuarenta del pasado siglo, era hombre de personalidad arrolladora  y fuertes convicciones, optimista, vigoroso, cantarín, que iba contagiando al prójimo su alegría.

Ya en aquella época de muy escasas disidencias en materia religiosa y política, con las heridas de la guerra todavia muy recientes, se le oyó muchas veces hablar en voz alta en contra de la segregación de niños y niñas en las escuelas, argumentando que si habían de vivir juntos, bueno sería que también aprendieran juntos a vivir y a relacionarse, y que eso no era incompatible con la doctrina de la santa madre Iglesia por mucho que lo dijeran los que hacían y deshacían en el Régimen, que andaban a la sazón conchabados con los que mandaban en el clero, hasta el punto de que algunas veces se confundían unos con otros.

Don Fredes, que si no recuerdo mal, era de un pueblecillo de la Tierra de Ayllón, escribió un libro de poemas titulado "Lira poética" donde dejaba en sus poesías de factura sencilla todo su sentimiento religioso y su amor por su tierra adoptiva de Berlanga. Hay algunas dedicadas a la colegiata de Berlanga, a Bayubas de Abajo, al rio Duero...

Encontrar ahora este libro es tarea ardua, pero hemos tenido acceso a un ejemplar que guarda un vecino de Ciruela, como oro en paño. No estaría nada mal una reedición, con el ejemplar que se custodia en la Biblioteca Nacional.

Esta es una poesía del libro dedicada al último Cura a caballo que hubo en Caltojar. Se titula "El Cid de Tierra Berlanga" y tiene una dedicatoria: "a mi querido amigo el Cid de Berlanga, caballero como ninguno de a caballo. 3-11-1944"
(estribillo) Es mi yegua mi tesoro
y es mi patria Caltojar
aunque vivo en los caminos
pues mi ley es caminar

Figura del siglo veinte
mantenedor de una raza
para estirpe de Quijotes
sin vientre de Sancho Panza
Su nombre es libro en la historia
de nobles gestas hidalgas,
no tiene rancio abolengo
ni sangre de regia casa.
Sus andariegas virtudes
y la nobleza del alma
buriles son que labraron
el escudo de sus armas.
Valiente como ninguno
¿quién no ha oido sus hazañas?
Es un nuevo Cid montado
sobre el lomo de su jaca,
apostada la figura
altanera su arrogancia
¡miradlo fijo en su silla;
viejo pantalón de pana,
el capote en delantera
y el pañuelo entre la faja.
Es el rey de los caminos
y de las grandes distancias.
No tiene miedo a la noche
ni al frio ni a las escarchas,
jamás en sus sesenta años
le dieron las seis en cama,
tan pronto aparece en Brías
como en Rebollo o en Barca,
el lunes al Burgo de Osma
el jueves, fijo, a Berlanga
A Almazán todos los martes,
y el resto de la semana
si amanece en Arenillas,
en La Riba no descansa.
¡Qué bien rige sus dominios
al galope de su jaca!
No discutas a su mesa 
de caminos ni distancias.
¿Cuanto habrá desde Alpanseque
a Pinilla y Villasayas?
¿Conoce usted el camino
de Valfermoso a Ledanca?
¿Qué pueblos son más pequeños:
Taroda, Nolay o Viana?
Y al punto como si fuera
su cabeza extenso mapa
te irá diciendo habitantes
kilómetros y distancias.

Hace unos días me dijo
que piensa vender la jaca,
y una lágrima rebelde 
resbalaba por su cara.
Decía que el sacristán
(y esto le llegaba al alma)
la tiene mucho más gorda,
y que la suya está flaca.
El sostiene que en sus pueblos
no saca para cebada;
y si ambos tercos no ceden
y la tormenta no amaina,
como yo estoy sin abuela,
el se queda sin potranca.
y ¿qué será de su vida
luego, tan solo en su casa,
aunque despume el cocido
y apimiente las patatas?
Serán muy lentas las horas...
que cuando a un árbol le arrancan
de su tronco las raices
si no muere poco falta.
¡Siga, siga usted su vida
de aventureras andanzas
corriendo pueblos, aldeas,
ferias mercados y plazas!
Deje usted otros cuidados 
que no conducen a nada,
pero no deje que un día
Osma, Almazán y Berlanga
dentro de sus carnes sientan
la angustia de su nostalgia.
Venda libros y papeles,
pero monte usted la jaca,
porque si al fin de su vida
pierde el honor de sus armas
¡adios! murió para siempre
"el Cid de Tierra Berlanga"

Berlanga en dos tiempos

Anduvo por estas tierras siendo niño. Luego, con la muerte del padre, perdió también la tierra en la que este nació. Comenzaron los años de trabajo, estrecheces y lucha. Su vida tomó rumbos distintos y distantes.
¿Dónde quedó en él este rincón castellano? Quedó en ese paraíso que llevan sumergido en sus almas todos los hombres que en edad temprana visten el luto de las desgracias. Y, por perdido, aquel paraíso parece siempre más paradisíaco, más venturoso y atractivo.
 
 
Monumentos, Historia, pasadas grandezas resbalaron por la joven y tersa piel del muchacho, sin decirle nada. ¿No padecerá Castilla de empacho de "corteza de Historia"? Nombres que se repiten con monótona terquedad y sirven para empedrar crónicas y discursos altisonantes. ¿Cuántos saben la verdad que llevan dentro? ¿Es siempre cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor? ¿Para cuantos fue mejor? Cómo no era posible que el chico se planteara tales preguntas se limitaba a vivir su maravilloso presente.
 
 
Por de pronto, se encontraba en un  mundo que era totalmente nuevo para el. Desde su castellano con fonética levantina había pasado al castellano puro, sonoro y rico en formas expresivas. También los olores eran diferentes: olor de pan recién cocido, olor de "extendida"; sinfonía de olores en la despensa de su tía, y en la farmacia -sobre todo en la farmacia vieja- de su tío. Las boticas se harían según formulas magistrales. Elaborarlas era destapar en tropel los olores más desconocidos. Balanza en su caja de cristal. Se dosificaban los productos sólidos con pequeños golpes del dedo índice en el naipe que servía para tomar pequeñas porciones. Líquidos de hermosos colores que se filtraban gota a gota. Todo aquel hacer estaba lleno de misterio y prestigio.
 
 
Y luego las calles y las tiendas con sus olores característicos, a pana, a retores, a cuero y esparto. En las de comestibles olor de aceite, de bacalao, de congrio rancio, de anís, de especias...
 
 
Con razón ha escrito Gabriel Miró que el olor de esas tiendas, tan humilde y concreto, es "olor de mundo". De mundo esencial, elemental y verdadero.
 
 
También los sabores -aun de las cosas conocidas- eran distintos. Entonces supo el sabor de la fruta cogida del árbol -tardes en las viejas huertas-; de los cañamones recién tostados; del chocolate con tortas de chicharrones.
 
 
Entonces aprendió alguna de las pequeñas grandes artes, enligar juncos para cazar pájaros o preparar los reteles para pescar cangrejos.
 
 
Algunas noches se abría el balcón de la casa de enfrente, y un viejo caballero lanzaba de balcón a balcón, una golosina que decían "huesos" y al hacerlo, añadía "son de las monjas que se mueren"...Cómo si no lo dijera. Los muchachos los comían con gusto y con santa inocencia.
 
 
Entonces sintió el misterio de la noche en la voz -plañidera y larga- del sereno que cantaba las horas, añadiendo el estado del tiempo; en el aullido de los perros que anunciaban desgracia; en el punzante sonido del campanillo del Santo Viático.
 
 
Entonces fue feliz sin más, sin saber que lo era. Sin saber que luego en la vida, hay días felices, pero ya no se puede vivir feliz siempre, como entonces lo era.
*   *   *
Después de muchos años, muchos, el niño de entonces ha vuelto a esta tierra. He querido saber que ideas y que sentimientos se suscitaron en esta vuelta; que oposición se dio entre el recuerdo del niño y la realidad que han contemplado sus ojos. He aquí lo que me ha respondido:
 
"Los recuerdos de la infancia son enteramente fieles. Los ojos de los niños purifican cuanto miran, porque solo ven lo que es puro. Si un niño ve lo impuro de la vida, cualquiera que sea su poca edad, es que ha dejado de ser niño. Cuantos males cometa, no caerá las responsabilidad sobre él sino sobre quién le malogró la infancia.
Mi Berlanga era, entonces tal como la veía y la vivía. La de ahora es otra cosa, como yo soy otro respecto al que fui. Recuerdas -me dice- la historia venezolana del padre y del hijo?: Que entre llaneros sucede que el padre no ve nada cerca; ve solo de lejos, cada vez más lejos, cada vez más allá del horizonte, abarcando enormes distancias. Y llevaba a su hijo para que le dijera de los peligros cercanos, porque el hijo ve solo lo cercano".
Y añade "Pienso que algo análogo ocurre con los pueblos viejos y los pueblos jóvenes. Aquellos solo miran los tiempos lejano. Pero no ven los peligros y las posibles venturas presentes. Los pueblos joven caen en la miopía. Hoy a padres e hijos suele ocurrirles otro tanto. Pero en vez de ir juntos, se separan. Nuestros pueblos viejos están habitados por viejos. La gente joven huye del pueblo viejo y marcha a las ciudades que se están haciendo a costa de deshacerlos. Por eso si yo pudiera, diría a los viejos: "atended y entended a los jóvenes" y luego diría a los jóvenes: "atended y entended a los viejos"
Ortega escribió un día: "Por tierras de Sigüenza y de Berlanga de Duero, en días de agosto, alanceados por el sol, he hecho yo, Rubín de Cendoya, místico español, un viaje sentimental sobre una mula torda de altas orejas inquietas. Son las tierras que el Cid cabalgó... No se crean por esto que soy de temperamento conservador y tradicionalista. Soy un hombre que ama de verdad el pasado. Los tradicionalistas en cambio no lo aman: quieren que no sea pasado, sino presente" 
Pero tampoco son la solución del mañana el abandono y la huida. Cuando un barco hace aguas, son las ratas las primeras en la huída suicida. Si la dotación no trabaja y achica el agua, vendrán los de fuera y lo harán. Y el barco les pertenecerá.
Estas son las tierras del Cid. ¿Tu crees que Rodrigo hubiera sido nunca el Cid si hubiera vivido pendiente de las quinielas y de la televisión?. No creas que te digo un chascarrillo. Esas dos "drogas" no existían entonces. Pero nunca faltaron al hombre los medios para que sus vidas fueran falsificadas, estúpidas y estériles.
Mi amigo ha terminado recordándome: -Tagore pensaba que cada niño que nacía, parecía decirle: "Dios aun espera del hombre". Yo te digo que viendo a estos chicos y a estas chicas -tan alegres, tan decididos, tan "ellos", no es un disparate ni un sueño poder pensar: ¿que nueva generación será la que se decida -con trabajo, con imaginación creadora, con preparación- a rehacer su pueblo, respetando y amando su pasado, y emprendiendo seriamente su verdadero porvenir? Que está, no lo dudes, aquí y ahora.
Heliodoro Carpintero
en la Revista de Soria. 1970

El azucarero Vellosa

El azucarero Vellosa
Oficialmente figura la fecha de 1501 y el nombre de Pedro de Atienza, natural de Medina del Campo, como el primer colono que plantó caña de azucar en el Nuevo Mundo, concretamente en el Valle de la Vega Real, en la isla Española, con esquejes procedentes de las Islas Canarias.
Fray Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias, libro III, capítulo CXXIX, cita a un tal Aguilón como el primero que fabricó azucar en América, con rudimentarios instrumentos de madera, con los que exprimía el zumo de las cañas, allá por los primeros años del siglo XVI, y dice también De las Casas que continuó con la elaboración del dulce elemento otro colono castellano, apellidado Vellosa, cirujano, natural de la Villa de Berlanga, que ya por el 1516 fabricaba un azucar de muy buena calidad y con aparejos más convenientes, en los fértiles campos de la actual República Dominicana.
Espíritus emprendedores, los ha habido también por aquí.

El Trabuco

El mito del Coco, tan antiguo como el mundo, ha sufrido en la provincia de Soria -en algunos pueblos especialmente enclavados a lo largo de la linea ferroviaria de Ariza a Valladolid- una transformación notable.

Las madres no pretenden ya atemorizar a sus hijos con la fantasía antiquísima. ahora les basta con decir:

_¡Que viene el Trabuco!

Por rebelde que sea el chiquillo, la mágica palabra lo aquieta y convierte en dócil, hasta que olvidado del nombre temible, una nueva diablura lo vuelve a recordar.

A los pequeños indómitos, díscolos, traviesos, les dicen los convecinos:

_¡Eres más malo que el Trabuco!

Y este nombre, repetido una vez y otra y cientos de ellas, se agiganta, y con el crecimiento del apodo, aumenta la leyenda, se multiplican los hechos y se hace novelesco y popular el relato de las hazañas del bandido.

Porque en la provincia de Soria hizo su aparición hace unos años un auténtico malhechor, que vivía entre riscos, que hacía apariciones periódicas en los pueblos, robaba y volvía a sus dominios con el producto de su excursión.

Hemos querido conocer la vida y milagros, los hechos delictivos y las excursiones de el Trabuco, y un comerciante prestigioso de Berlanga de Duero, Don Angel Alfonso, protector desinteresado de la familia del malhechor nos ha hecho un detenido relato que ofrecemos a nuestros lectores

DE ENRIQUE GARCIA HERNANDO A EL TRABUCO

Hasta hace una decena de años -comienza el Señor Alfonso-, había en Berlanga de Duero un hombre fuerte, robusto, honrado, servicial, que figuraba en primer lugar entre todos los trabajadores. Se llamaba este hombre Enrique García Hernando, y era el primero en iniciar la jornada, el ultimo en acabarla y el que menos tiempo perdía en los descansos durante el día.

Sobrio en el comer y en el beber, jamás tuvo una pèndencia ni un disgusto. Era padre de seis hijos y su hogar podía calificarse como de los más felices. Había casado Enrique con una buena moza, guapa de entre las más guapas, garrida, trabajadora e hija de una viuda con el patrimonio saneado.

La señora Martina, la Polla, estaba encantada con el hombre que había correspondido a su hija y la hacía feliz. Aquellos seis nietos eran para la abuela el complemento de sus venturas. Enrique García, con su trabajo incesante, incansable, acrecentaba el patrimonio, las tierras eran fértiles y la recolección, cada vez más abundante, merced a los esfuerzos del mozo fuerte, convertido en cabeza de familia.

Los convecinos de Enrique no tenían palabras más que para elogiarlo, y quizás mas de uno envidiaba aquella fortaleza, aquella disposición para el trabajo, aquel afán de prosperar que hacían sobresalir entre todos a Enrique García Hernando.

DE TRABAJADOR INCANSABLE A BANDIDO

Un día, prosigue nuestro interlocutor, hace de esto ocho o nueve años, se vio entrar en la taberna, cosa insospechada en él, a Enrique. Sin duda lo convencieron a fin de proponerle un negocio. A partir de aquel momento abandonó el mozo fuerte la azada y el arado y se dedicó a negociar en patata temprana. Frecuentaba la taberna con sus compinches y se alejaba cada vez más de la faena, influenciado sin duad por los primeros éxitos del negocio. Bebía con abundancia y se iniciaron los disgustos en el hogar, hasta entonces dichoso.

La señora Martina, la Polla, afeaba a su hijo político aquella conducta y más de una vez surgieron altercados violentos que quebraron de manera imposible ya de corregir, la paz doméstica. Poco después surgía el bandido. Sin que se conozcan las causas ni al parecer le impulsase nadie a ello. Enrique García Hernando, el Trabuco, se lanzó al monte y comenzó sus fechorías.

-¿Cual fue la primera de ellas? - interrogamos

-Un caso original en la historia del bandolerismo. El Trabuco cometió su primer delito robándose a si mismo. Una noche, que sin duda había bebido más de la cuenta, llegó a su casa, se apoderó de un jamón y de un garafón de vino y desapareció.

-¿No volvió a presentarse más en Berlanga?

-De día no fue visto. Sin duda sus andanzas eran nocturnas, dedicadas a proporcionarse pan y vino. Se cometían pequeños robos de esta clase de alimentos y comenzó a sonar el nombre de el Trabuco como supuesto autor de ellos.

-¿Lo detuvieron pronto?

-Si. Comenzaron las actuaciones de la Guardia civil, que consiguió detenerlo, y fue conducido a la cárcel de Almazán, por vez primera. Lo condenaron a dos o tres meses de cárcel, y cuando salió reanudó su vida de bandolero.

-¿Qué fue de la familia de el Trabuco?

-Continuó con la abuela y se fueron casando las hijas mayores. Dos lo están ya, una de ellas en Barcelona. Uno de los hijos trabaja en casa y lo tenemos muy considerado por su honradez y simpatía. Otro hijo está en Almazán, y las hermanas pequeñas o con la abuela, durante el invierno, o con las hermanas casadas.

POR NO MATAR A LA ABUELA

Cuantas veces ha sido detenido el Trabuco, ha hecho la misma declaración.

-¿Por qué llevas esta vida -le han preguntado. Y el invariablemente responde:

-Por no matar a la abuela.

Entretando, la abuela, Martina, la Polla, acogió a sus nietos y enterró a su hija, victima de los sufrimientos. La fantasía popular se desborda cuando tiene por tema al bandido soriano.

-Una vez - oimos decira a una moza en la fuente de los cuatro caños de Berlanga- salió al camino con una escopeta y un cuchillo y quiso matar a dos hombres.

-Pues otro día -afirma otra- asaltó una casa de Aguilera, y la dueña recibió un susto que murió poco después.

-¿Y cuando robó en la iglesia de Recuerda? -exclama otra

-A mi me han dicho que cuando está suelto, viene a dormir sobre la sepultura de su mujer, al cementerio, asegura otra moza, mientras el cántaro se llena.

¡MATAME YA DE UNA VEZ!

Parece, según nos dice persona merecedora de crédito, que al ser detenido el Trabuco por última vez, hace poco más de mes y medio, fue conducido por la Guardia civil a la cárcel de Berlanga. Allí lo visitó Quirico, su hijo mayor, que le afeó la conducta, diciéndole:

-¡Nos está usted deshonrando! lo que debíamos hacer sus hijos era matarlo y así acabábamos con esta vergüenza.

A cuyas palabras respondió cabizbajo y apesadumbrado el famoso bandido

-!Tienes razón, hijo: mátame ya de una vez y descansaremos todos!

Pero Quirico, que es hijo cariñoso, que padece la vergüenza de ser hijo del hombre tan temido, se lamenta:

-¡Al fin y al cabo, es mi padre!

MARIO ALEGRIA. Revista CRÓNICA. Año VII. Número 302. 25 de agosto de 1935.

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En el próximo número: LAS ULTIMAS FECHORIAS COMETIDAS POR "EL TRABUCO"

El robo de hornamentos de la iglesia en Recuerda / Ingenuidad de malhechor / Siente predilección el bandido por las ovejas y las bodegas de vino / Por qué y cómo fue detenido el Trabuco / Tres años en la cárcel de Burgos.

Axenia

Axenia
Escapa a toda indagación la ciudad de Lagni, citada por Diodoro de Sicilia, pero debemos admitir la de Axenia para Berlanga por razones que a su tiempo serán expuestas, subsanando quizás asi una omisión, al no incluirla los autores entre los arévacos (...)

El consul Quinto Fulvio Novilior determinose a acampar cerca de Numancia, en donde pasó un cruelísimo invierno. No sabían los romanos lo que era invernar en Hispania, en una meseta a 1.200 metros sobre el nivel del mar, y en la provincia de Soria, expuestos a las nieves y aires del Moncayo, por lo que los días se hacían eternos y las enfermedades tan agudas como mortales, excaso de víveres y de vituallas se dirigió a Axenia, ciudad bien provista, como mercado que era de los celtíberos (¿Berlanga?) pero con tan mal exito que tuvo que volverse a sus reales sin ellos, viendose obligado a levantar el sitio en una noche.

La identificación de Axenia no está definida, pudiendo aplicarse a alguna de las ciudades próximas a Numancia, y en situación propicia y en cruce de vías, por lo que indico a Berlanga, cuyo nombre antiguo realmente nos es desconocido, pero que siempre conservó gran importancia como mercado (Cortes la aplica a Buenache o Ayora, pero sin razón de verosimilitud alguna)

Los Arévacos. Narciso Sentenach. Revista de Archivos, bibliotecas y museos. 1914

Apuntes de viaje

 

La provincia de Soria.- Desde el Puente Ullán a Paredes

Inútilmente buscaría el viajero que recorriese el centro de España, región más digna de estudio que aquella que, situada a 910 metros sobre el nivel del mar, regada por el Alto Duero y fronteriza a Guadalajara y a los montes segovianos, forma hoy la parte meridional de la provincia de Soria.

Patria de los antiguos Arévacos, que acaudillados por Sartorio y Perpena, después de titánica lucha, prefirieron la muerte al yugo de Pompeyo; repoblada en los comienzos de la era cristiana y de nuevo arrasada a fines del siglo X por las feroces huestes de Almanzor, a su vez derrotadas en las fragosas sierras de Calatañazor por los Reyes de Aragón y Navarra unidos al esforzado Conde de Castilla Garci Fernández, fue por fin reparada por D. Alfonso I el Magno, según nos refiere el Silense, si bien tuvo que sustraerla del poder de los moros D. Alfonso VI cuando preparó la conquista de Toledo en 1085.

No hay pulgada de tierra en ese histórico país, que no conmueva el animo fuertemente, ya sea porque desde sus cumbres a lo lejos se divisen las memorables ruinas de Numancia, Turia, Clunia, Valeránica, Termancia y Oxama, ya porque esté su suelo salpicado aun de generosa sangre, derramada en las grandes batallas de Ordoño II, de los califas, de los Alfonsos y de Alonso I de Aragón; ya porque recuerde aquellos fuertísimos tercios de Soria y de Medinaceli, que mandados por D. Lope de Haro, rompieron las cadenas del campo en Las Navas de Tolosa; ya porque la historia nos recuerde que allí vivieron los Iñigo de Velasco, Condestables de Castilla, Dª María de Tobar, fundadora de una colegiata ignorada hoy, y que es sin embargo una de las obras más bellas de Juan Rasines El Burgalés, tan grande en la historia de la arquitectura, cuanto desconocido por la inmensa mayoría de los españoles; bien porque en algunos de sus castillos vivieron prisioneros los hijos de Francisco I, al paso que otros ofrecieron suntuoso hospedaje a Felipe V, al Duque de Gandía y a Isabel de Valois, hija de Enrique II de Francia, y tercera esposa de Felipe II, o por último, porque allí tuvieron su cuna, hombres de la talla de D. Juan Bravo de Lagunas y de su hermano D. Gonzalo, alcalde este de Córdoba, por la cual dio su vida, y obispo aquel de Ciudad Rodrigo y de Calahorra, y capellán mayor de Dª Isabel, primogénita de los Reyes Católicos; del venerable Tomás de Berlanga, Obispo de Panamá; del gran dominico Brizuela, consejero y confesor del Archiduque Alberto, sobrino y yerno de Felipe II, y confesor en sus últimos años, de Felipe III, y de tantos esclarecidos varones que fuera prolijo enumerar.

Y en verdad que al evocar recuerdos que duermen hace siglos entre el polvo de los archivos, no tratamos de hacer más sensible la decadencia de la región que nos ocupa, sino antes bien llamar la atención del Gobierno, de la Academia de Bellas Artes y de los hombres de letras, codiciosos de abrillantar las glorias nacionales, haciendo constar el injusto abandono en que se la tiene desde que la abandonaron los Condestables al subir al trono Felipe V, que los llevó a su corte, y la culpable indiferencia con que se la mira.

Ni un ferrocarril atraviesa aun sus extensas llanuras, ni una derivación del Duero riega sus estériles vegas, ni un alto horno anuncia con su penacho de humo, que allí sea conocida la industria moderna, ni ley alguna acuda en auxilio de aquellas magníficas cabañas, que amparadas por La Mesta y pudiendo trashumar con facilidad de norte a sur de la península, producían las lanas más finas y más buscadas del mundo; ni la ciencia ni la maquinaria, ni el capital se unen para favorecer su esquilmado suelo y su empobrecida agricultura.

De aquí que solo se encuentren en general miserables aldeas con adobes construidas, de casas desniveladas, de calles sucias, de abrevaderos obstruidos, de fuentes derruidas, de templos agrietados, de aportilladas escuelas; de aquí que solo se vean campos apenas roturados, porque la mano del labrador es demasiado débil para acariciarlos, vergonzosamente engalanados de pálidos centenos y de poco productivos morcachos, cuando ningún suelo es menos susceptible de grandes transformaciones que el silicio.

Si de las cosas pasamos a las personas y semovientes, aun es más dolorosa la impresión que se recibe: trajes pardos como el suelo, como las casas, como los rostros ennegrecidos por el sol y los vientos; trajes en veinte puntos recosidos y desgarrados en otros veinte, pechos desnudos que azota el cierzo con sus alas de nieve; cabezas venerables siempre descubiertas; miradas tristes, pálidos avios que no sonríen mas que en los primeros años de la juventud; mujeres que se engalanan con un pañuelo de algodón; niños que se abrigan con los harapos de sus madres, pies que deshacen el hielo de los aminos, calzados con pieles sin curtir; rostros demacrados, en fin, sobre los cuales se leen estas desconsoladoras palabras: hambre, ignorancia, resignación y miseria.

Creen en Dios, practican la caridad, pues por pobre que sea el que tiene una casa, socorre siempre al mendigo errante que llama a la puerta, cuando no con pan del que tal vez carece, con una legumbre de su cosecha; pero no creen en los hombres; desconfían de los gobiernos; se ríen de los que les piden su voto, y en todas sus conversaciones se nota el fatalismo mas desconsolador.

Cuanto a su alimentación, es tan sobria, tan deficiente, que apenas se concibe que con ella puedan vivir. Pan duro de trigo mezclado con centeno, algunas legumbres preparadas con una lágrima de aceite, algunas veces tasajo de reses muertas de enfermedades infecciosas y ahumado en la chimenea; alimentación que revela una de las primeras causas de la decadencia de nuestra raza, así como el origen de terribles enfermedades, que fácilmente podrían evitarse y que, sin embargo, disminuyen de día en día la densidad de nuestra población.

Honradísimos todos, pagan sin murmurar los diferentes impuestos que los abruman; entregan sin proferir una queja el contingente de soldados que les corresponde; acatan las leyes, obedecen a las autoridades, practican sus deberes religiosos como en los primeros siglos, respetan al cura de su aldea y parten a remotos países con la frente serena y la conciencia tranquila. Y a fe que esta es su última esperanza, porque al otro lado de los mares están sus hermanos enriquecidos en el comercio de Veracruz, del Uruguay, de Venezuela, de Honduras y del Ecuador.

Además de los males hondísimos que producen este estado anémico y desconsolador, males que pronto describiremos para poder indicar los medios más prácticos y mas sencillos que convendría emplear para curarlos y conducir aquel país a un grado de relativa prosperidad, nos parece que contribuyen a su aniquilamiento lo poco conocidas que son de los hombres de gobierno las ultimas capas sociales, y mas aun el modo de ser de nuestra aldeas, sumidas hoy, como ayer en la mas crasa ignorancia.

Nuestros labradores sufren en silencio, pagan sin protesta, o si alguna vez se quejan es donde su voz no tiene resonancia alguna. Cuanto a escribir… ¿Qué saben ellos lo que es la prensa, lo que es el libro? ¿Quién se lo ha enseñado nunca? ¿A qué conferencias han asistido? ¿A que hombres de talento han oído hablar nunca, fuera de alguna reunión electoral, que les molesta, fuera de la Audiencia, que les aterra? Solo entre lágrimas y suspiros contestan al quinto que defiende el orden, la honra, la integridad de aquella patria que olvida a sus ancianos padres, que o bien vegetan sobre un montón de ruinas y de humanas miserias, o bien sucumben de cansancio y de frío en el linde de un camino al ir en busca de aquel regojo de hogaza que en sus pueblos les falta.

Nuestros estudios han sido hechos sobre el terreno, viviendo entre colono y propietarios; de pie sobre el surco o sentados a la sombra de las mieses, sintiendo día por día las palpitaciones del pueblo; escuchando sus cantares, tan melancólicos como sus quejas; y tanto podrían servir estos apuntes a la región de que nos ocupamos como al Gobierno mismo, si en ellos fijase su atención, que tiempo sería de que lo hiciese, si quiere sostener el crédito nacional, que por fuerza ha de resentirse a medida que disminuyen las rentas y que millares de fincas pasan, por insolvencia de sus dueños a manos del Estado.

Emilio Mozo de Rosales 

LA EPOCA, 26 de noviembre de 1887

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Libros sobre Berlanga (2)

LA LEYENDA DE SAN BAUDELIO. Agustín Escolano Benito. Ceince. Junta de Castilla. Fundación Sánchez Ruipérez. 2010. Edición bilingüe español-inglés

Nuestro vecino Agustín Escolano, catedrático de pedagogía e impulsor del Ceince (Centro internacional de la cultura escolar) ha publicado recientemente un libro para chicos y grandes que narra una nueva leyenda de San Baudelio: el viaje de dos niños con la misión de fundir en una sus dos religiones en una colina cercana a Casillas, expuesta a todos los vientos.Hermoso sueño que se plasma en la mestiza arquitectura de la ermita y en las bellas palabras del final del libro: "Después de todo, solo importa saber que todos amanecemos bajo el mismo Sol y somos acunados en la noche por el mismo vértigo de las estrellas"

El autor publicó tambien hace unos años, una completa obra sobre las peripecias y desventuras de la ermita de San Baudelio, con buenas fotografías y toda la información necesaria para adentrarnos en los misterios de este lugar lleno de magia.

SAN BAUDELIO DE BERLANGA, GUIA Y COMPLEMENTARIOS. Agustín Escolano Benito. Necodisne Ediciones. 2003

Libros sobre Berlanga (1)

Libros sobre Berlanga (1)

"Reseña histórica de la Insigne Iglesia Colegial de Santa María del Mercado, de Berlanga de Duero (Soria) en el IV Centenario de su dedicación: sus Hermandades y Obras Piadosas" por el Presbítero D. Anastasio Ortiz García, Párroco - Arcipreste. Imprenta Boix. Sigüenza, 1930   15  x  11  cm.  112 págs.

Su autor, párroco arcipreste de Berlanga, nació en Nepas (Soria) pueblo de la diocesis de Sigüenza,  el 15-IV-1874 y murió en Berlanga (13-IX-1942)

Es un estudio eminentemente religioso de la villa de Berlanga, referido a la Colegiata, construida en el siglo XVI con los derribos de las anteriores parroquias desde tiempo inmemorial existentes y que lastimosamente fueron demolidas. Describe la hermosa fábrica del templo que fue el primero de España del tipo de salón, con naves a igual altura; el rico contenido de bienes muebles: capillas, coro, retablos, esculturas, pinturas, reliquias, alhajas, sepulcros...

Recoge salientes datos de los conventos, ermitas, el Hospital... y finaliza con las Hemandades, cofradías, capellanías, fundaciones y fiestas votivas, lo que da a conocer una profunda y sentida vida cristiana en su historia secular.

No solo por haber sido editado en Sigüenza, sino también por la estrecha relación que ha guardado la villa de Berlanga con la sede seguntina, este libro debe incluirse en la Biblioteca alcarreña (sic)

En Bibliografía alcarreña, de Gregorio Sánchez Doncel.

La Sociedad comunera de Berlanga

La Sociedad comunera de Berlanga

Constituye otro de los bloques de la documentación. Parece haber sido formada por don Ramón María Carramiñana, magistral de la Colegiata de Berlanga, al que los documentos de 1824 citan como "ya difunto" en fechas del año 1822. Se conservan las declaraciones de expontaneamiento de varios de sus miembros, ignorándose que hizo el resto. La relación más completa de sus miembros, extraida de varias de las declaraciones, es la siguiente:

Además del ya citado Carramiñana, formaban parte los clérigos don Pedro Gómez y don Saturnino Oreca, tenientes de cura; don Juan Bargas, medico racionero de la Colegiata; el cura de Valverde, en el Obispado de Osma; los vecinos de Berlanga Antonio Rodrigo, Francisco González de la Cruz, Domingo Jubera, Benito González de Santa Cruz, Francisco Brogueras, Silvestre Ramírez, Eugenio Estrada y Antonio Bravo. Además Tomás Rodrigo, militar, y Manuel Rodrigo, juez de primera instancia de Atienza; ambos naturales de Fuentepinilla; el también juez, José Benito Puertas, y Rafael Soria,"maestro de niños".

De todos ellos se conservan las declaraciones de Antonio Bravo, Domingo Jubera, Eugenio Estrada y Tomás y Manuel Rodrigo. Faltan todas las demás: ¿qué fue de ellos? Ya tenemos noticia de la muerte de Carramiñana. Ignoramos la suerte que les cupo a los demás, si bien es cierto que cabe suponerse una dura represión en toda la zona durante los primeros momentos de la reacción absolutista.

Escasa actividad debió desarrollar la Sociedad comunera de Berlanga. La ceremonia de admisión se limitó a la prestación del ya conocido juramento, si bien se añade a este la fórmula de "defender al Rey constitucional; a la Religión católica, apostólica y romana sin mezcla alguna y la soberanía popular". Se les imponía igualmente , espada, espuela y banda de comuneros; sin darles diplomas o documentos alusivos. Ninguno recuerda nada sobre las señas que usaban para reconocerse, y su actuación se circunscribía a "mantener el orden", "lectura de papeles públicos" e incluso, "defender al Rey constitucional".

Ciertos debieron ser estos extremos. La sociedad de Berlanga se debio limitar a una reunión de amigos o personas de algún relieve social en la localidad. Muy posiblemente fuese inspirada por el mencionado Carramiñana, en función del mayor prestigio de su cargo, sin que sus miembros tuviesen claro qué aspectos políticos pensaban desarrollar y sin la aparatosidad que rodeaba a las reuniones celebradas en otros lugares ya comentados.

Masones y comuneros en la diócesis de Sigüenza, tras el trienio liberal (1823)

Antonio Ortiz García

Una noche en los bosques

Una noche en los bosques

Vamos a tener el honor de acompañar á nuestros lectores a un poblachón de Castilla, notable en otros tiempos por los príncipes y personajes célebres que en él vivieron hasta el último reinado de los Austrias; pero sin otro mérito hoy que la suciedad de sus calles; la guerra perpetua en que viven sus habitantes por una animosidad de familia á familia difícil de explicar, y por el completo abandono en que yacen sus históricas ruinas.

Inútil es que digamos su nombre.

Lo único que nos interesa es entrar en una casa sobre cuya puerta principal se ve un escudo de armas esculpido en mármol blanco y que así prueba la habilidad primorosa del escultor que lo hizo, tal  vez en los comienzos del siglo XVI, como el linajudo abolengo de los que lo mandaron labrar para que los señores de horca y cuchillo que residían en el inmediato almenado y roquero castillo les dispensaran la debida consideración.

El edificio, que es rectangular y casi todo él de piedra caliza, ennegrecida por la intemperie, se encuentra situado entre un extenso jardín cercado de tapias, sobre las cuales levantan sus ramas añosos álamos negros, y una calle larga y estrecha formada de soportales sostenidos por postes de enebro.

Es el veintidós de Febrero del año mil ochocientos setenta y ocho.

Una espesa capa de nieve compacta y dura cubre el pueblo y los campos que desde él se descubren. El viento norte sopla con violencia, y sus ráfagas, aullando unas veces, silbando otras, golpean con fuerza las cerradas ventanas del edificio.

El reloj de la torre da las dos de la tarde...

(Emilio Mozo de Rosales. Las cacerías de lobos. 1889)

Libro y escritor están estrechamente relacionados con Berlanga. Mozo de Rosales, marqués de Mataflorida, fue un autor teatral muy popular; se casó con la berlanguesa Adelaida Cabezudo Ayuso,  y juntos vivieron en el palacio de la Calle Real, atribuido a los Bravo de Lagunas (aunque sin demasiado rigor, como se verá en los comentarios) y actual sede del CEINCE, en el que fue escrito este libro que rezuma ambientes y paisajes de la Tierra de Berlanga de finales del siglo XIX. Sería una buena idea volver a editarlo para que fuera mas conocido entre nuestros paisanos.

 

Sed de libertad

Acerca del anhelo de nobleza de los labradores acomodados a principios del siglo XVI, poseemos múltiples testimonios. Uno de los mas claros es el puje de la emigración hacia las Indias. Sabido es que, al Norte de la península (montañas asturianas, de Santander o de Burgos) numerosos aldeanos eran hidalgos (hidalgos de abarcas) desde hacía varios siglos; pero más al sur, la enorme masa campesina era pechera. Las conquistas coloniales del siglo XVI le abrieron repentinamente un inmenso campo de acción. Desde el sur y el centro de la península, y porque las Indias podían significar liberación y promoción social (la liberación de la sujección señorial, el acceso a la hidalguía), emigraron apretadas filas de villanos. No siempre era la misseria económica la que impulsaba a estos hombres "de tierra adentro" a abandonar su pueblo para ir a las Indias, sino a menudo la sed de libertad, la necesidad de dignidad y el deseo de adueñarse de valores nobiliarios. De tal deseo de ascenso social que animaba a veces a los labradores ricos, tenemos un vívido ejemplo en una pasaje de la Historia de las Indias de Bartolomé de Las Casas. El dominico cuenta como en 1518, se dedicó a reclutar villanos para las colonias que proyectaba instituir en las Indias; se presentaron setenta hombres de Berlanga, cuatro de los cuales le confesaron en un pajar, que la miseria no les impulsaba a marcharse ya que, según afirmaban, cada uno tenía la pequeña fortuna de 100.000 maravedíes; y le explicaron que el aliciente del viaje era la esperanza de dejar a sus hijos en una tierra donde se viesen libres de cualquier sujección señorial:

...Después de avisados e informados, poco tardaban en venirse para ir a poblar las Indias, y en breves días allegó gran numero de gente, mayormente de Berlanga, que sin entrar en ella, teniendo la villa 200 vecinos, se escribieron mas de los 70 dellos y, para se escribir, entraron en cabildo secretamente, por miedo del Condestable, y enviaron cuatro regidores que lo buscasen por los pueblos donde andaba y le rogasen de parte de la villa se acercase más a ella, viniéndose una legua de allí adonde venían todos disimuladamente para ser de la demanda que traía informados; y entre los que vinieron fueron cuatro, los cuales lo subieron a un pajar, en lo más alto de la casa donde pasaban, cuasi temiendo que las paredes lo habían de decir al condestable, y le dijeron: "Señor, cada uno de nosotros no quieren ir a las Indias por falta que tenga acá, porque cada uno tenemos 100.000 maravedíes de hacienda u aun más (lo cual para entonces en aquella Tierra era mucho caudal), sino vamos por dejar nuestros hijos en tierra libre y real"

En el feudo del conde de Coruña, en Rello, no era menor la aspiración a huir del dominio señorial que en los pueblos del condestable de Castilla: Las Casas escribe:

Anduvo el clérigo por aquellos lugares de Señorío y quasi todos se movían a la jornada; y en un lugar del conde de Coruña, llamado Rello, que era de 30 casas, se escribieron 20 personas, y entre ellas dos vecinos, hermanos, viejos de setenta años, con 17 hijos; diciendo el clérigo al más viejo: "vos, padre, a que quereis ir a las Indias, siendo tan viejo y tan cansado" Respondió el buen viejo " A la mi fe, señor, dice el, a morime luego y dejar mis hijos en tierra libre y bienaventurada"

(NOËL SALOMON. Le thême paysan dans la "comedia" au temps de Lope de Vega. Ed. Castalia 1985. Traducción de Beatriz Chenot)

Más alla del paraíso

Más alla del paraíso

La incansable labor editorial de Angel Almazán llega esta vez hasta la ermita de San Baudelio, para dejarnos en ciento cincuenta páginas, su visión de esta maravilla arquitectónica que es, por méritos propios, el monumento soriano con más referencias bibliográficas en multitud de idiomas.

Los que conocemos sus libros anteriores sabíamos que esta "Guía espiritual y artística de San Baudelio" no podía ser  una guía turística más al uso, ortodoxa y respetuosa con los postulados de los "grandes estudiosos", porque Angel Almazán es un heterodoxo, un buscador infatigable que no se detiene ante teorías asentadas.

Para empezar, el autor defiende la teoría de que la ermita fue en su origen un oratorio musulmán, cristianizado posteriormente. A este cometido se dedica, con sólidos argumentos, la mayor parte del libro, que es entretenido y se lee con amenidad a pesar de la vertiginosa profusión de referencias a otros libros y también a pesar de que el nivel de conocimientos del autor supere ampliamente el de este humilde cronista.

La arquitectura habla, las piedras hablan, como se ha dicho repetidamente en este blog, y ante la ermita de San Baudelio hay señales evidentes de que no solo los alarifes eran musulmanes, si no que haciendo un símil constructivo actual, también lo serían el Director de obra, y sobre todo, y esto es lo verdaderamente importante, la Propiedad de la obra.

También se habla en el libro de la peripecia de la ermita;  de aquella vergonzosa sentencia del Tribunal supremo dando la razón a los malhechores que se llevaron las pinturas, y dando pábulo a posteriores expolios cometidos con parecida impunidad en otros lugares. Parece que nada se puede hacer ya para recuperarlas, excepto aquella posibilidad que nadie parece dar por buena, que sería reconstruirlas in situ con la impronta que dejaron las originales. Pero incluso con la afrentosa mutilación, San Baudelio sigue siendo una maravilla de la arquitectura y del arte en general y una fuente inagotable, como el manantial que nace a sus pies, de interpretaciones y de especulaciones, en el buen sentido de la palabra.

Este libro que nos ocupa es uno de los frutos maduros de esa palmera que tanta simbología despliega entre sus ramas. Hay muchos datos curiosos entre sus páginas, como que hasta poco antes de la guerra civil todavía se marchaba en romería desde los pueblos vecinos: Ciruela, Fuentetovar, Casillas y Caltojar; o ese otro de que hacia 1640 nació un niño en lo que fuera la hacienda contigua a la iglesia. Hoy ya no nacen niños por estos contornos. Estos días a la vez que leía el libro de Angel, echaba también un vistazo al censo de estos pueblos por los que nos movemos: Caltojar: 68 habitantes; Casillas, 8; Ciruela, 24, Abanco, 1; Paones, 4... Ni sombra de lo que fueron. Nos robaron las pinturas, pero lo más grave es que también nos robaron a la gente.

Con la gente, se fueron la costumbres, las romerías... Y con las pinturas desaparició la historia que contaban, y que un día tuvo un significado para las personas que  acudían a la iglesia. Las gentes de esta época hemos convertido la religión en arte y el significado en forma. Los cuadros que se llevaron al Metropolitan, o los que están en El Prado, cuelgan en paredes desnudas de salas asépticas, donde su único significado es su forma, la imagen que representan. Se puede pagar una entrada para verlos, pero fuera de su espacio verdadero, para el que fueron creados, estaremos ciegos.

Consigan el libro y leanlo despacio. Que buena pro les haga. (Guía espiritual y artística de San Baudelio. Más allá del Paraíso. Angel Almazán de Gracia. Agosto 2009. Editorial Sotabur)

Luís Rodrigo.

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El Aquilinón en Rello

Rello es uno de los pueblos más sugestivos de nuestra provincia. Situado en un estratégico enclave de rocas cortadas a pico, el rio Escalote ha labrado en torno una profunda hoz.

Cómo no podía ser menos, a la vista de estos tres factores -enclave estratégico, rocas escarpadas y hoz profunda en torno- un duque lo rodeó de murallas y se hizo un castillo dentro.

Afortunadamente para el visitante, ambos -castillo y murallas, no el duque- persisten todavía, y en relativo buen estado; si bien la fortaleza tiene hoy el vientre abierto a la intemperie y hueco.

Realmente el visitante con sensibilidad que venga a este pueblo en junio o noviembre no puede por menos que quedarse sobrecogido; ante el reventón de la primavera en el primer caso; ante el acabamiento natural de la vida, a la vez melancólico y plácido, en el segundo.

Avelino Hernández. El Aquilinón, cap 3

Tal día como hoy

BERLANGA, Fray Tomás de  (Obispo en las Indias)

Obispo de Castilla del Oro, en las Indias del Mar Océano, del Consejo de Su Magestad, por mandato del Cardenal de Toledo, Don Juan Tavera, administró la confirmación en esta parroquia a cerca del centenar de personas, el 21 de junio de 1544.

(Parroquia madrileña de San Sebastián. Matías Fernández García, Pbro. 1995)

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