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De la parte Berlanga

Apuntes de viaje

 

La provincia de Soria.- Desde el Puente Ullán a Paredes

Inútilmente buscaría el viajero que recorriese el centro de España, región más digna de estudio que aquella que, situada a 910 metros sobre el nivel del mar, regada por el Alto Duero y fronteriza a Guadalajara y a los montes segovianos, forma hoy la parte meridional de la provincia de Soria.

Patria de los antiguos Arévacos, que acaudillados por Sartorio y Perpena, después de titánica lucha, prefirieron la muerte al yugo de Pompeyo; repoblada en los comienzos de la era cristiana y de nuevo arrasada a fines del siglo X por las feroces huestes de Almanzor, a su vez derrotadas en las fragosas sierras de Calatañazor por los Reyes de Aragón y Navarra unidos al esforzado Conde de Castilla Garci Fernández, fue por fin reparada por D. Alfonso I el Magno, según nos refiere el Silense, si bien tuvo que sustraerla del poder de los moros D. Alfonso VI cuando preparó la conquista de Toledo en 1085.

No hay pulgada de tierra en ese histórico país, que no conmueva el animo fuertemente, ya sea porque desde sus cumbres a lo lejos se divisen las memorables ruinas de Numancia, Turia, Clunia, Valeránica, Termancia y Oxama, ya porque esté su suelo salpicado aun de generosa sangre, derramada en las grandes batallas de Ordoño II, de los califas, de los Alfonsos y de Alonso I de Aragón; ya porque recuerde aquellos fuertísimos tercios de Soria y de Medinaceli, que mandados por D. Lope de Haro, rompieron las cadenas del campo en Las Navas de Tolosa; ya porque la historia nos recuerde que allí vivieron los Iñigo de Velasco, Condestables de Castilla, Dª María de Tobar, fundadora de una colegiata ignorada hoy, y que es sin embargo una de las obras más bellas de Juan Rasines El Burgalés, tan grande en la historia de la arquitectura, cuanto desconocido por la inmensa mayoría de los españoles; bien porque en algunos de sus castillos vivieron prisioneros los hijos de Francisco I, al paso que otros ofrecieron suntuoso hospedaje a Felipe V, al Duque de Gandía y a Isabel de Valois, hija de Enrique II de Francia, y tercera esposa de Felipe II, o por último, porque allí tuvieron su cuna, hombres de la talla de D. Juan Bravo de Lagunas y de su hermano D. Gonzalo, alcalde este de Córdoba, por la cual dio su vida, y obispo aquel de Ciudad Rodrigo y de Calahorra, y capellán mayor de Dª Isabel, primogénita de los Reyes Católicos; del venerable Tomás de Berlanga, Obispo de Panamá; del gran dominico Brizuela, consejero y confesor del Archiduque Alberto, sobrino y yerno de Felipe II, y confesor en sus últimos años, de Felipe III, y de tantos esclarecidos varones que fuera prolijo enumerar.

Y en verdad que al evocar recuerdos que duermen hace siglos entre el polvo de los archivos, no tratamos de hacer más sensible la decadencia de la región que nos ocupa, sino antes bien llamar la atención del Gobierno, de la Academia de Bellas Artes y de los hombres de letras, codiciosos de abrillantar las glorias nacionales, haciendo constar el injusto abandono en que se la tiene desde que la abandonaron los Condestables al subir al trono Felipe V, que los llevó a su corte, y la culpable indiferencia con que se la mira.

Ni un ferrocarril atraviesa aun sus extensas llanuras, ni una derivación del Duero riega sus estériles vegas, ni un alto horno anuncia con su penacho de humo, que allí sea conocida la industria moderna, ni ley alguna acuda en auxilio de aquellas magníficas cabañas, que amparadas por La Mesta y pudiendo trashumar con facilidad de norte a sur de la península, producían las lanas más finas y más buscadas del mundo; ni la ciencia ni la maquinaria, ni el capital se unen para favorecer su esquilmado suelo y su empobrecida agricultura.

De aquí que solo se encuentren en general miserables aldeas con adobes construidas, de casas desniveladas, de calles sucias, de abrevaderos obstruidos, de fuentes derruidas, de templos agrietados, de aportilladas escuelas; de aquí que solo se vean campos apenas roturados, porque la mano del labrador es demasiado débil para acariciarlos, vergonzosamente engalanados de pálidos centenos y de poco productivos morcachos, cuando ningún suelo es menos susceptible de grandes transformaciones que el silicio.

Si de las cosas pasamos a las personas y semovientes, aun es más dolorosa la impresión que se recibe: trajes pardos como el suelo, como las casas, como los rostros ennegrecidos por el sol y los vientos; trajes en veinte puntos recosidos y desgarrados en otros veinte, pechos desnudos que azota el cierzo con sus alas de nieve; cabezas venerables siempre descubiertas; miradas tristes, pálidos avios que no sonríen mas que en los primeros años de la juventud; mujeres que se engalanan con un pañuelo de algodón; niños que se abrigan con los harapos de sus madres, pies que deshacen el hielo de los aminos, calzados con pieles sin curtir; rostros demacrados, en fin, sobre los cuales se leen estas desconsoladoras palabras: hambre, ignorancia, resignación y miseria.

Creen en Dios, practican la caridad, pues por pobre que sea el que tiene una casa, socorre siempre al mendigo errante que llama a la puerta, cuando no con pan del que tal vez carece, con una legumbre de su cosecha; pero no creen en los hombres; desconfían de los gobiernos; se ríen de los que les piden su voto, y en todas sus conversaciones se nota el fatalismo mas desconsolador.

Cuanto a su alimentación, es tan sobria, tan deficiente, que apenas se concibe que con ella puedan vivir. Pan duro de trigo mezclado con centeno, algunas legumbres preparadas con una lágrima de aceite, algunas veces tasajo de reses muertas de enfermedades infecciosas y ahumado en la chimenea; alimentación que revela una de las primeras causas de la decadencia de nuestra raza, así como el origen de terribles enfermedades, que fácilmente podrían evitarse y que, sin embargo, disminuyen de día en día la densidad de nuestra población.

Honradísimos todos, pagan sin murmurar los diferentes impuestos que los abruman; entregan sin proferir una queja el contingente de soldados que les corresponde; acatan las leyes, obedecen a las autoridades, practican sus deberes religiosos como en los primeros siglos, respetan al cura de su aldea y parten a remotos países con la frente serena y la conciencia tranquila. Y a fe que esta es su última esperanza, porque al otro lado de los mares están sus hermanos enriquecidos en el comercio de Veracruz, del Uruguay, de Venezuela, de Honduras y del Ecuador.

Además de los males hondísimos que producen este estado anémico y desconsolador, males que pronto describiremos para poder indicar los medios más prácticos y mas sencillos que convendría emplear para curarlos y conducir aquel país a un grado de relativa prosperidad, nos parece que contribuyen a su aniquilamiento lo poco conocidas que son de los hombres de gobierno las ultimas capas sociales, y mas aun el modo de ser de nuestra aldeas, sumidas hoy, como ayer en la mas crasa ignorancia.

Nuestros labradores sufren en silencio, pagan sin protesta, o si alguna vez se quejan es donde su voz no tiene resonancia alguna. Cuanto a escribir… ¿Qué saben ellos lo que es la prensa, lo que es el libro? ¿Quién se lo ha enseñado nunca? ¿A qué conferencias han asistido? ¿A que hombres de talento han oído hablar nunca, fuera de alguna reunión electoral, que les molesta, fuera de la Audiencia, que les aterra? Solo entre lágrimas y suspiros contestan al quinto que defiende el orden, la honra, la integridad de aquella patria que olvida a sus ancianos padres, que o bien vegetan sobre un montón de ruinas y de humanas miserias, o bien sucumben de cansancio y de frío en el linde de un camino al ir en busca de aquel regojo de hogaza que en sus pueblos les falta.

Nuestros estudios han sido hechos sobre el terreno, viviendo entre colono y propietarios; de pie sobre el surco o sentados a la sombra de las mieses, sintiendo día por día las palpitaciones del pueblo; escuchando sus cantares, tan melancólicos como sus quejas; y tanto podrían servir estos apuntes a la región de que nos ocupamos como al Gobierno mismo, si en ellos fijase su atención, que tiempo sería de que lo hiciese, si quiere sostener el crédito nacional, que por fuerza ha de resentirse a medida que disminuyen las rentas y que millares de fincas pasan, por insolvencia de sus dueños a manos del Estado.

Emilio Mozo de Rosales 

LA EPOCA, 26 de noviembre de 1887

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