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De la parte Berlanga

De Atienza a la feria de Berlanga

 

En una ocasión, con trece o catorce años,sobre el 1940, marché con el señor Pedro, Pedro Sanz, pariente de mi padre, a la feria de Berlanga, que era el 8 de diciembre. Llevábamos dos vacas y un macho romo, hijo de caballo y burra. De Atienza salimos de mañana, con mal tiempo, pues estaba prácticamente nevando. Paramos a descansar en Arenillas en el que, por ver si cambiaba el tiempo, aprovechamos para almorzar. Pero en lugar de que las nubes se alejasen comenzó a nevar con mayor intensidad. Nos detuvimos a comer en casa de unos amigos del tío Pedro, y tras la comida y secar las ropas regresamos al camino.

 
Berlanga de Duero era entonces un pueblo acogedor y lo primero que tuvimos que hacer al llegar fue buscar posada, aunque tampoco había demasiado problema puesto que en época de feria rara era la casa en la que no se admitiesen huéspedes, al igual que sucedía en Atienza por semejantes fechas. Nos hospedamos en casa del señor Santos, un hombre recio que nos abrió la puerta sin dudar. Vestía pantalón hasta media rodilla, medias hasta la altura del pantalón, chaquetilla corta, faja en torno a los riñones y pañuelo a la cabeza. Nos esperaba en la puerta de su casa, a quince personas entre hombres y chavales que fuimos los que allá nos alojamos. Dormíamos en las cuadras o en los pajares, y allí estuvimos tres o cuatro días bajo aquel techo en el que la señora Magdalena preparaba la comida para más de veinte personas, a veces unas sardinas y otras unas patatas y, entre bocado y bocado, comentando cada cual como le fue la feria.
 
Acudir a la feria tenía su arte. El primer día era de observación, para ver como se hacían los tratos y cuánto valían los animales. Los restantes dependían de cada cual, de la agudeza, de la destreza y de las palabras. Fue una de las primeras ferias a las que acudí, y no se nos dio nada mal, vendimos las vacas que llevábamos, a unas mil pesetas cada una, a pesar de que a punto estuve de perder el macho romo, cuando le fui a dar agua a una laguna próxima. Se me soltó del ramal y se fue al interior de la laguna con la mala suerte de que se quedó atascado con el cieno del fondo, del que tras muchos esfuerzos logró salir, cuando parecía que se iba a hundir en medio del barro.
 
En Berlanga había cine, lo que no ocurría en Atienza. Decidimos ir el grupo de muchachos con los que me junté, más o menos de mi edad, algunos de ellos de Atienza, a pesar de que nos quedaríamos con las ganas, pues no teníamos suficiente dinero para pagar la entrada. Regresamos a Atienza al cabo de los tres o cuatro días. Nuevamente a hacer la parada en Arenillas y por el llamado monte de las Liebres y camino de San Jorge, a Atienza. Cuando salimos de Berlanga llovía, por el camino comenzó a nevar y a casa regresamos helados y empapados.
 
Tomás G. Galán
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