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La vida es el arte del encuentro. (Vinicius de Moraes) | |||
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De la parte Berlanga
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Viale del tramonto. En la primera mitad del XIX se demostró científicamente que el nitrógeno intervenía en el crecimiento de las plantas y que estas podían convertir los nitratos en aminoácidos. Los campesinos, sin necesidad de ninguna demostración científica, ya venían aprovechando el guano de las palomas desde tiempo inmemorial, sin haber reparado en que esta sustancia estaba compuesta mayoritariamente de nitrato de potasio. Además se empezó a traer de fuera, a principios del siglo XX, el nitrato de sodio, llamado también de Chile por provenir de aquel país, y el nitrato de Calcio o de Noruega, con cuya ayuda se consiguió en ocasiones triplicar la producción de cereal Un estudiante de arquitectura llamado Adolfo López-Durán , diseño el cartel del Nitrato de Chile, que fue colocado alrededor de 1925, en una campaña publicitaria sin precedentes, en los lugares más estratégicos de miles de pueblos de España y Portugal. El anuncio, que decora todavía las fachadas de algunos pueblos, estaba hecho con azulejos esmaltados, con vocación de perdurar, y lo consiguió a pesar de no haber tenido como el toro de Osborne una ley específica para protegerlo. Sobrevivió también a los poblados salitreros del desierto del norte de Chile, convertidos en pueblos fantasmas, que recientemente han sido declarados por la Unesco, patrimonio de la humanidad. A fuerza de verlos diariamente, se nos hicieron estos anuncios algo familiar e invisible; tan invisible que no nos dimos cuenta de cuando los fueron eliminando. Por cierto, el de Berlanga ¿está todavía? Nos íbamos a jugar a la plaza y allí encontrábamos ya por lo menos una docena de chicos de nuestra edad, año arriba, año abajo. Y después de elegir los dos bandos contrincantes por el democrático y equitativo método de echar a pie, nos poníamos a jugar al burro. Los jugadores del equipo que se la quedaba, adoptaban la postura de burro, agachados y poniendo la cabeza entre las piernas del compañero que estaba delante y sujetándose con las manos en las piernas del mismo. El burro que estaba en la cabeza de la fila se apoyaba sobre otro jugador neutral llamado "madre", que estaba de pie apoyado en una pared o sentado en un banco de la plaza. Entonces los jugadores del equipo contrario iban saltando uno por uno sobre la fila de burros, procurando que los primeros en saltar ocuparan los lugares delanteros para dejar sitio a los que saltarían después. La manera de avisar que se iba a saltar era diciendo en voz alta "churro va". Una vez acoplados todos, el primero en saltar formulaba la pregunta: "¿Churro, media manga o manga entera? tocando, respectivamente, la muñeca, el codo y el hombro, para finalizar señalando una de las partes. El portavoz del equipo "pagador" intentaba adivinar la posición marcada, actuando la "madre" como testigo y juez. Si acertaba se intercambiaban los papeles; si no, se volvía a empezar. Los jugadores, que eran chicos generalmente, aunque a veces se colaba alguna chica, tenían que quedarse en la posición de caída, sin moverse. Si alguno se caía o tocaba el suelo, su equipo perdía y en el siguiente juego harían de burros. Si era algún burro el que se arringaba por el peso de los de arriba, se repetía el juego. La crueldad infantil nos llevaba a derivar el peso al burro que se considerase más débil para que doblase las piernas y así disfrutar de innumerables partidas en la posición de privilegio; sin embargo no recuerdo nunca que nadie se fuese llorando a casa o con una brecha en la cabeza (la plaza entonces era de cemento), y además este juego venía muy bien para entrar en calor, contra los rigores del invierno. La posibilidad de acertar la posición de la mano era menor cuando se jugaba la otra variante del juego que era señalar un dedo de la mano empezando por el pulgar y que recibían los sonoros nombres de churro, pico, taina, sardinilla o la pez. Hace mucho tiempo que no se ve jugar en ninguna parte a este juego. Sospecho que su rudeza lo hace escolásticamente incorrecto, pero a mi, piensen lo que quieran, me parece un juego iniciatico. Más daño hace la play, o las motos... Foto: Fernando Ballenilla D’Artagnan es un quinceañero alocado que sale de su casa paterna en la Gascuña, con quince escudos en el bolsillo, un escuálido rocín ocre, un bálsamo capaz de curar heridas, siempre que no estén muy cerca del corazón, una carta de presentación del capitán de los mosqueteros y dos consejos de su padre: "no temas las ocasiones" y "busca las aventuras". En el camino a París pierde la carta, recibe una paliza y se encuentra con una mujer bella y misteriosa que será la causante de muchos de sus problemas posteriores. Dumas padre parece que se inspiró en personajes reales para escribir Los tres mosqueteros en 1844 El mosquetero Celedonio, cien años después, subió a un tren en Soria después de darse una vuelta por una ciudad que no conocía y tomarse unos torreznos en la Casa de la Tía Apolonia, ilustre berlanguesa que tenía taberna en la Plaza de herradores. El tren lo llevaría a Barbastro tras muchas horas de viaje y unos cuantos trasbordos, donde le había correspondido hacer un largo servicio militar. El afan aventurero lo perdió por completo en aquellos duros años de posguerra en los que faltaba de todo, y a él y a sus cinco hermanos, también un trozo de pan con la frecuencia que el cuerpo tiene por necesidad. Los consejos que recibió de su padre fueron los mismos que había escuchado desde que tenía uso de razón: "obedecer y trabajar, que a la gente honrada la quieren en to-los-laos" En Barbastro sirvió en la cocina, y con cama y rancho asegurados, hizo como si no le faltara de nada, mientras soportaba docilmente el tiempo que tenía que pasar entre uniformes. Un capitán de cocina le preguntó una noche que cual era la comida típica de su pueblo, y sin pensárselo dos veces le contestó que el cardo con almendrucos, y le vino a decir, aunque con otras palabras, que en el sabor antiguo de esta comida de invierno, el veía mezclados en su justa dosis todos los olores de Berlanga, con el amor de su familia, mas unas salpicaduras de felicidad. Después de la mili, un pariente le buscó trabajo en una fabrica de harinas de Zaragoza, donde ejercería de bestia de carga hasta su jubilación. El mismo pariente le presentó a la que sería su mujer, una moza de la parte de Agreda que trabajaba de zurzidora en un sótano lúgubre del Paseo de la Independencia, de donde el Celedonio la sacó antes de que perdiera la poca vista que le quedaba después de una rubeola intrauterina. Hasta que murieron sus padres, El Celedonio aparecía un par de veces al año por Berlanga para ver a la familia y pasar unos días entre los paisajes de su infancia, esos que dicen que los lleva uno metidos hasta en el código genético. Después los hermanos, que ya andaban todos bajo otros cielos, vendieron la casa de las Yuberías, y dejó de visitar su pueblo con la misma resignación que había presidido toda su existencia, pero no por ello dejaba de relatar a sus tres hijas y luego a sus nietos, como eran los bailes y las diversiones de aquel pueblo que acababa de pasar por una guerra en la que nadie salió ganando, aunque algunos estuvieran convencidos de lo contrario. Banda sonora: El mojado de Ricardo Arjona (vía Youtube) Llorenç Soler, valenciano con casa en Calatañazor, es un reputado documentalista con amplio curriculo en el que figuran algunas descarnadas galerías de nuestra España olvidada como "Odisea soriana interpretada por negros" o "El viaje inverso" En este "Diálogos en la meseta, con torero al fondo" nos cuenta la peripecia de Ruben Sanz, novillero soriano, para abrirse camino en ese anacrónico mundo taurino convertido en negocio de gente sin escrúpulos, en el que solo salen adelante los que tiene detrás un apellido o una cuenta con muchos ceros. Ruben es hijo de un peluquero. Desde muy pequeño unas tías con mucha afición, le hacían trajes de torero y lo llevaban a la plaza, vecina a su casa, donde acabado el espectáculo, le dejaban saltar al ruedo, dar unos pases al aire y saludar al tendido que lo jaleaba. Esas mismas tías pretendieron que hiciera la comunión con traje de luces, pero lo evitó la madre que pensó que aquello podría ser una afrenta de por vida para toda la familia. El niño creció pero no abandonó la obsesión por los toros. Recibió clases de José Luis Palomar que le aportaron técnica y el sabio consejo de que abandonara a tiempo porque no lo veia capaz de triunfar. Lejos de arredrarse, y al contrario que la generalidad de los humanos, propensos a lo gregario y a imitarse unos a otros, Ruben decidió perseverar en el propio ser, arriesgandose a aparecer ante los demas como un perturbado o un inconsciente. Es precisamente ese giro inesperado y la dedicación a tiempo completo de una vida a una meta brumosa, lo que cautiva y encandila del documental; todo eso que hace del protagonista un anacoreta y un romántico, un místico y un samurai: y pensar que todo eso sucede en Soria, una ciudad anacrónica, con una tradición taurina mas teórica que otra cosa y por supuesto a años luz de la que se respira en el sur. Puestos a poner alguna pega, el documental se hace un poco largo (dura 90') y me parece excesivo el tiempo que se dedica al personaje de la madre. En el aspecto puramente lingüistico, no me parece que, con la Ibérica al norte y el sistema Central al sur, la provincia mas montañosa de España tenga mucho que ver con la meseta, ni los campos cerealistas de Gómara, con un páramo. Pero en el fondo estaba el torero y el fondo es muy bueno. Por su lucidez, por su sencillez, agradecemos mucho al Señor Soler estos últimos poemas visuales que dedica a nuestra tierra. El documental se pudo ver el pasado jueves en la Casa de Soria en Madrid, en un pequeño salón con balcones a la Carrera de San Jerónimo, con la presencia de una docena de sorianos y sin la anunciada comparecencia del director y el protagonista. En 1929 la compañía "La Geofísica, S.A." efectuó trabajos gravimétricos y sísmicos en terrenos de Berlanga y del Burgo de Osma para determinar si había petróleo, y parece que lo había pero que con los medios de la época, el coste de su extracción no merecía el esfuerzo. En la década de 1940, la Compañía de Investigaciones y Explotaciones Petrolíferas obtuvo permiso para realizar exploraciones en varios términos municipales del sur de la provincia: El Burgo, San Esteban, Valdenebro, Quintanas de Gormaz, Recuerda, Berlanga, Bayubas de Abajo, Tajueco, Fuentepinilla, Centenera y Velamazán. Esta vez la busqueda fue más minuciosa pero los resultados igual de insatisfactorios, hasta que una década después, en 1952, esta empresa renunciaba a seguir explorando. Tampoco en esto la Diosa Fortuna estuvo de nuestra parte, que si no ahora no estaríamos hablando de despoblación ni de derrumbamientos. Lo que hubiera cambiado la vida con los petrodólares... Banda sonora: Gia ena tango de Haris Alexiou. Cortesía de esnips Saludos a nuestros visitantes de Cundinamarca (Colombia), Marratxi, Lima, Buenos Aires, Osnabrück y Bolivia. Si son de Berlanga, creo que no se habrían tenido que marchar de haber resultado lo del petróleo. Y gracias a Kike Oliva por el enlace. (poema de Concha Zardoya) El camino de los rebaños es también milenario y está rigurosamente trazado por costumbres, derechos de paso, servidumbres locales y leyes escritas que los siglos han ido acumulando. El conjunto laberíntico de esta trama legal y consuetudinaria forma lo que se llama La Mesta, que viene a ser el complicado y trabajoso pacto o armisticio a que llegaron, después de constatar que no podían anularse el uno al otro, el pastor y el campesino de estas tierras... De ahí que los rebaños no tengan más remedio que ir siguiendo un itinerario perfectamente previsto y señalado... Las galianas, o sea las cañadas, tenían noventa varas de ancho, pero se les fue perdiendo el respeto poco a poco y ahora casi han desaparecido; en algunos lados y esquinazos sembraron lechugas y patatas y en otros hicieron los veraneantes gallineros y garajes y hasta piscinas (Camilo José Cela. Nuevo viaje a La Alcarria. 1986) Estos son los dos últimos berlangueses que vistieron "de calzón" que entonces no tenía nada de traje típico, porque era lo que había, y curiosamente tenía tantos elementos de la vestimenta castellana como de la aragonesa, que en esto no había reinos ni confines. La foto es de los años setenta, y los dos eran ya muy mayores para cualquier aggiornamento en la indumentaria, asi que se convirtieron sin querer en dos piezas de museo vivientes. El tio Santos, el más alto, era un personaje lleno de humanidad y de buen humor. Nació un día de Todos los Santos y estaba casado de segundas con la Tía Primitiva. Había sido el santero o guardés de la ermita de Carrascosa hasta su declive y posterior ruina. Lo recuerdo al frente de un carro de cuevanos, llenos a rebosar de aquella uva negra menuda, con la que se hacía el típico tinto del país, que alegraba el paladar y los corazones; y aupándome hasta un lagar en el que unos hombres pisaban la uva. Cuentan que le dieron la extremaunción dos o tres veces, y que una de las veces fallidas, con el cura delante y los presentes consternados por el trance, se levantó de la cama y le pidió a su mujer nueces y el porrrón. El otro era el Señor Gregorio, conocido popularmente como Tío Pata, tambien de trato afable y siempre de buen talante. Con muchos años y poca vista, gustaba de pasear por la plaza mayor dejándose fotografiar y buscando la sombra en verano o el sol en invierno. Un día tambien nos dejó, y no hubo nadie que tomase la alternativa. Con el azote del cierzo en estos días fríos, las fraguas de los pueblos eran verdaderos parlamentos en los que entre reja y reja se hablaba de lo divino y de lo humano. El ponente era el campesino que había traído la reja de su arado para aguzar. Los congregados alrededor del fuego, solo unos pocos afortunados que habían encontrado espacio, debatían sobre el tema que fuera con una energía que parecía insuflarles el aire del fuelle. Lástima que no se conserve escrita ningún acta de sesiones, que lamentablemente también se consumían con el fuego. Yo recuerdo haberme encontrado una vez en la fragua del Goyo, al cura y a un maestro, junto a una pareja de hortelanos. Lamentablemente no se decir de que hablaban porque no pude, por mi corta edad, unirme a la plática. Creo que la sencillez aparente de este hombre, que queda patente cuando expone sus razonamientos y su visión de la vida, no es mas que una máscara que oculta a un verdadero alquimista, un señor del fuego. Maneja la tierra (el carbón), el aire (de su fuelle centenario) el fuego y el agua con una familiaridad que te pone la carne de gallina. Este alquimista herrero, a través de esos cuatro elementos es capaz de convertir un trozo de hierro en algo útil, que servía hasta hace bien poco para mejorar la vida de sus semejantes. Con la llegada de la maquinaria al campo, y el plástico a las ferreterías, el oficio de herrero dejó de estar emparentado tan estrechamente con el mundo hermético. Los herreros que no supieron adaptarse a los nuevos tiempos, y este es uno de ellos, tuvieron que buscarse la vida en otros trabajos donde su saber ancestral no era tenido en cuenta. ¡Qué humillación! Ahora, con setenta y tantos años a las espaldas, Goyo sigue trabajando para mantenerse vivo. La jubilación es una losa pesada para el que no tiene una vida paralela al trabajo. Ahora se lo toma con calma, pero trabaja todos los días. En la fragua del Goyo hay una reproducción de la Fragua de Vulcano, de Velázquez, medio ennegrecida por el hollín. El cuadro es bonito, pero, se mire por donde se mire, dice Goyo, es una barbaridad andar descalzo y casi en pelotas por una fragua. Tiene el aspecto delicado de un arbusto siempre verde, pero es una planta muy fuerte que no teme al viento ni a los torridos calores; y los hielos le afectan bastante, pero después de un periodo de sufrimiento, casi siempre logra reponerse. Arenillas era pueblo de mucha fama en la fabricación de esencia de espliego. Venía gente de todos los reinos en busca de la preciosa substancia, que los vecinos elaboraban tras la cosecha del cereal, al final del verano. Esta planta crece espontanea y generosamente en todo el término y en los vecinos. Tambien en otros pueblos era importante esta actividad, como en Bordecorex, pero la emigración y la poca rentabilidad consiguieron que decayera hasta su desaparición, como habían ido decayendo la resina, el carbón, la alfarería, la forja... hasta que en 1989, un grupo de vecinos, avezados ya en cuestiones de supervivencia, decidieron volver a poner en pie todo el proceso de destilación, consiguiendo que se mantenga hasta la fecha, año tras año y a pesar de las sequias del rio Talegones. Este año se han destilado ocho litros, para lo cual fue necesario cocer en la caldera nada menos que cuatrocientos kilos de espliego (según información del Heraldo de Soria) En la Edad media se usaba la lavanda para hacer medicinas contra la peste. Los enterradores de apestados dificilmente se contagiaban porque bebían generosas cantidades de un licor en el que se había dejado la planta en infusión. En la Occitania, los fabricantes de guantes, quizás para mitigar el olor de la piel cruda, esparcían abundantemente un liquido mezclado con esencia. Casualidad o consecuencia, el caso es que ninguno de ellos se contagiaba de peste o cólera. Hoy se emplea sobre todo en cosmética, pero con sus doscientas sustancias benéficas tambien se aprovecha en medicina y en el arte culinaria. En la variada toponimia de la Tierra de Berlanga , abundan los nombres latinos, entre algunos árabes (Bordecorex, Alaló, Caltojar) y otros con todas las trazas de ser prerromanos, como Brías, Lumías o Abanco. La primera vez que aparecí por Abanco, fue una noche sin luna y ventosa del mas genuino invierno, acompañando a uno de mis tíos en no se que cometido. En la plaza nos recibió una anciana muy delgada, toda vestida de negro y con un pañuelo a la cabeza, con la que mi tío departió unos minutos, mientras yo miraba la escena resguardado dentro del automóvil con el que habíamos llegado desde Brías por un camino sin asfaltar. La escena de un árbol que se movía violentamente por el viento y de dos cardos arremolinados, no se si es real o soñada. Pensé, sin saber todavía que la mitad de su caserío estaba hundida, que aquel lugar estaba dejado-de-la-mano-de-dios. Tenía a la derecha la iglesia, que apenas entreveía con las luces del coche, sin saber que era un edificio descomunal, desproporcionado para el centenar y medio de almas que tuvo el pueblo en sus mejores tiempos, y a la derecha también con poca visibilidad, el palacio que se construyeron los Aparicio al mismo tiempo que la iglesia y que en un alarde de adaptación al medio, ha sido fragua, granero, frontón, escuela y ayuntamiento. Abanco tiene el privilegio de ser el primer pueblo de Soria por orden alfabético, y durante unas décadas tan oscuras como aquella noche, también fue el primero en la lista de los condenados a desaparecer. He vuelto alguna vez y he visto niños en sus calles. El palacio lo han arreglado y hay una asociación cultural http://www.abanco.org/ que pretende tirar del pueblo para que resista por lo menos otros mil años, que son los que tiene su atalaya árabe, ahora profanada por un vértice geodésico. En el monte donde está la torre hay numerosos restos de cerámica antigua y el arqueólogo Juan Cabré encontró un hacha de cobre, lo que nos demuestra que por estos pagos hay presencia humana desde hace por lo menos tres mil años y seguro que el bache actual no ha sido de los más gordos. Me vino a la memoria la anciana de Abanco cuando leí "El santero de San Saturio" de Gaya Nuño, por la maravillosa descripción que hace de los campesinos sorianos. Como homenaje a aquella anciana, a todas nuestras abuelas y al intelectual honrado que fue Gaya Nuño, reproduzco este fragmento de su obra: Ellos se llaman Dámaso (pronunciado sin acento, Damaso), Teógenes, Eusebio, Primitivo, Abundio, Eleuterio, y otros nombres mucho más extraños, porque los curas y los secretarios se los enjaretan, sin derecho a opción de los padres, según el santoral diario. Y por fenómeno latino y árabe, al nombres se antepone, como en los apodos, el artículo determinado. Con tal de no decir apellidos, para diferenciar dos individuos homónimos, serán designados por el nombre de sus mujeres, con lo que habrá El Juan de la Eustaquia y El Juan de la Justa. Tan sólo los años traerán al campesino la dignidad de tío, pues la de señor se reserva para los muy acomodados. Don sólo se denomina al médico, al cura y al boticario. Todos han ido a la escuela, todos saben leer y escribir. Su vestuario comprende camisa rameada, traje de pana, larguísima faja ceñida a la cintura, boina y tapabocas, calzando abarcas. Se han pasado la vida cultivando un minifundio de centeno, patatas o judías, esforzándose en elocuencia para retardar el pago al recaudador de contribuciones, haciendo que su mujer cosa piezas y más piezas en el pantalón de pana. Ellas tienen nombres como Bibiana, Bienvenida, Gregoria, Valentina, Damiana, Rufina, Blasa, nombres por los cuales decía Teófilo Gautier que las más mocosas aldeanillas castellanas se llamaban como las princesas medievales y las heroínas de fábula. Pero estas pobres heroínas se secan pronto, de los muchos hijos y trabajos, y llegan viejísimas a la madurez. Unas y otros me han cautivado siempre por su parsimonioso, nítido hablar de buen prosista clásico. Si ven una fotografía o dibujo de algo conocido, "está muy propio", comentan, frase la más adecuada para caracterizar su habla: un habla muy propia. Tanto, que ningún campesino soriano enfermo dirá que le duele uno u otro órgano; "padezco", es lo que afirmarán. A la proposición de una venta, para detener los regateos, dan su máxima y tajante razón: "Lo mismo me da tenerlo que tener los cuarenta duros." Listos, reticentes, pobres como el más paupérrimo coolí, pero absolutamente nada papanatas, como lo demuestra el hecho de que, habiendo llegado a varias aldeas en el primer automóvil que en ellas entraba, nadie se embobaba ni hacía aspavientos, limitándose algún anciano a consignar el hecho. Creen en el señor médico. Creen, ciegamente, en los abogados. En los curas, sólo a medias; en cambio, nada haría que faltase su aceite a la lámpara de la Virgen. Los más riquillos, cuando se casan, vienen a Soria y visitan San Saturio, de igual manera que los novios catalanes van a Montserrat y los aragoneses al Pilar; dolidos en el fondo, mis labriegos, de que la imagen titular reproduzca un santo y no una Virgen. Entonces, yo salgo por los fueros de Saturio y hago prodigios de propaganda. El campesino soriano pone motes y alias a sus convecinos, única salida a su limitado humorismo. A uno que había sido soldado, le llamaban, en mi pueblo, El Soldate. A otra mujer, muy resuelta en sus actos y dichos, apodaban, de modo castellanísimo, La Determinada. Razonaban, de un tercero, el alias de Tío Tenazas, afirmando ser "tan tenaz, que no cambiaba un huevo por otro". En fin, si el sujeto no es llamativo por ninguna mayor característica que la de proceder de otro pueblo más o menos lejano, se le disigna por el topónimo de éste, quedando convertido en El tío Tajahuerce, o El tío Lubia. Como se divierten en raras ocasiones y son curiosos de todo, acogen con alborozo comedias y títeres; ellos mismos representan sainetes y hasta, durante la Semana Santa, la Pasión; con horrorosos Cristos que, por pudor, no son crucificados desnudos, sino con calzoncillos largos y camiseta. Mucho más primitivos son en los Carnavales, que realizan con una impresionante latencia mágica. Sí, me impresionaban, de pequeño, aquellos mozos que se tiznaban la cara, colgábanse esquilas del pescuezo y corrían el pueblo llevando un caldero de orines y hollín, con cuya mixtura rociaban a las mozas. Otros Carnavales, cuando ya había estudiado a Breuil y a Obermaier, sorprendí, en unión del arqueólogo Don Blas de Taracena, y en pueblo que no me acuerdo si era Yelo o Conquezuela, algo que era un puro asombro, todo un capítulo de prehistoria viva y palpitante, los mozos se habían puesto cuernos y rabos de toro, pintado el rostro de negro y bermellón y corrían componiendo la más tremenda estampa paleolítica. Naturalmente, no estábamos sino a poca distancia de Torralba, el pueblo de los mamuths. Cuando el auto se paró ante los hechiceros pueblerinos y éstos vieron cómo emergían del mismo dos cabezas estupefactas, se pararon, avergonzados. Avergonzados. ¡¡Y nos habían dejado ver, gratis, una escena auriñaciense!! No podría decir hasta qué máximo extremo dignifica a mis labriegos este sentido primitivo y ancestral, no adulterado por ningún barniz extraño. Aunque el aldeano frecuente la taberna del pueblo, aunque dos domingos por la tarde se reúnan varios Teógenes, Evaristos y Bienvenidos, alrededor de unas azumbres de tinto, ello no les resta una tradicional, inmensa dignidad celtibérica que surge en los momentos más dolorosos. uno de mis primeros recuerdos de niñez, de los que modelan toda una vida, pertenece a este género: Había comenzado en Tardelcuende la corta de pinos, y uno de ellos, al caer, hirió gravemente a un leñador con un cruel corte que le hendía la frente hasta la comisura externa del ojo izquierdo. Él no se quejaba ni decía palabra. Fue su triste mujer la que hizo este brevísimo, lamentable, estoico comentario, tan decidor como las apostillas de Goya a sus dibujos: -Lo que les sucede a los desgraciados. Pero hay muchas más cosas que les suceden a los desgraciados. Los incendios, los pedriscos, las sequías, las heladas, las contribuciones. Pasan su vida entre calamidades, inclinados sobre la parda y pobre tierra, y cada generación les trae la pequeña alegría de unas escuelas nuevas, o del servicio de luz eléctrica, o del deseado camino vecinal. Por lo demás, se les come la avitaminosis, a ellas la fiebre puerperal, y muchos de ellos, sobre todo en el campo de Gómara, enloquecen, y los manicomios tardan muchos años en dar noticia de su defunción. Con justicia desconfían de muchas cosas. Nacen, viven y mueren en la más pobre tierra de España, y apenas pueden creer sino en la gleba que les encadena. Ninguna ironía en este capítulo sobre mis paisanos campesinos. Son el trozo más digno del mundo poético de Antonio Machado. Más sobre Juan Antonio Gaya Nuño: Se acababan de inaugurar las escuelas nuevas, en las que se había acabado por fin con la segregación de sexos y también, desgraciadamente con un acerolo gigante, en el que habiamos pasado tan buenos ratos cuando sus deliciosos frutos estaban en sazón. Aprovechando uno de aquellos bulliciosos recreos (era el tiempo en que la natalidad todavía marcaba niveles positivos) unos cuantos chicos de mi edad nos aventuramos a explorar un territorio desconocido. Estaba allí mismo junto al nuevo edificio escolar, con los crucifijos y las fotos de Franco y del Otro transplantadas del antiguo. Solo había que cruzar el camino de Paones y alli estaba LA NEVERA. No recuerdo bien si todavía la habitaba El Mico, uno de los últimos pobres de solemnidad que tuvo el pueblo, que andaba arrastrando una pierna y recogiendo comida por las casas cuando los indigentes tenían esa dignidad y respeto del que hablaba Gaya en "El Santero de San Saturio". Los chiquillos le haciamos la burla y él se giraba lentamente para decirnos algun improperio, mientras aprovechabamos para huir despavoridos. No recuerdo el final que tuvo este Eusebio "El Mico" pero prometo preguntarlo a los mayores y volver a contarlo en estas páginas. La Nevera sigue alli, al pie de unos cerrillos que se han ido poblando de nuevas construciones. El camino de Paones es ahora una carretera pero con el mismo ancho de aquel. Tiene una puerta de madera que ya entonces estaba medio desvencijada. Muchas veces cuando paso por alli la miro de reojo. Es un monumento, una reliquia de la Berlanga antigua, un museo en si misma, de cuando no habia luz electrica ni electrodomésticos. Debe estar en terreno municipal por lo que no seria necesario expropiar nada para adecentarla y cederla en buen estado a las generaciones que nos siguen. Y ya de paso se podría añadir en el rellano de la entrada un panel de esos como los que han puesto en la Puerta de Aguilera o en La Picota, explicando al que pasara por alli que en este edicicio se almacenaba la nieve del invierno para conservar algunos alimentos perecederos, y que duraba hasta la primavera, o explicando que en los últimos tiempos sirvio de morada al Mico, que nos hizo cagarnos de miedo y de risa, que nos haya perdonao y que dios lo tenga en su gloria. |