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De la parte Berlanga

Aquí sí llega Internet

Baides es un pequeño pueblo, como tantos otros de Guadalajara (48 habitantes según datos del INE de 2009). Marcos es un treintañero que se instaló allí hace poco más de un año. El aire puro y la tranquilidad están muy bien, pero de inmediato buscó abrir una ventana al mundo y quizá también a posibilidades laborales: solicitó una conexión a Internet. Y nada. Ningún operador le ofrecía nada más allá de la velocidad del módem. Ni un mísero mega. Nada.
  
Como él, miles de hogares españoles viven aún desconectados o con conexiones pobres. En su caso, encontró la solución con la ayuda de Christian Rodler, un alemán pionero en la provincia de Guadalajara que se encontró con el mismo problema hace ya más de 15 años y acabó montando una empresa que se dedica precisamente a ofrecer banda ancha.
  
Ensinca nació en el año 2003, en Mantiel (Guadalajara) por la necesidad de sus fundadores de acceso a Internet y la ausencia de oferta de los proveedores existentes. Esta pequeña compañía no está sola: figura como proveedora de acceso inscrito en el registro de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT), y es uno más de los 1063 operadores inscritos para dar servicios a través de redes WiFi/WiMAX, que son las bandas de frecuencias de uso común. De ellos, 346 son ayuntamientos.
  
La compañía llega a más de medio centenar de pueblos de la provincia de Guadalajara, a través de unos 80 repetidores. También está presente en Soria y en Cuenca, y tiene ya más de 5.000 clientes. Aunque las cifras parecen altas, en realidad es un negocio puerta a puerta: en algún municipio tienen un único cliente. El sistema se basa en una red de enlaces punto a punto (banda ICM 2,4 GHz y 5 GHz), y que cubren distancias de unos 40 kilómetros. La cobertura a clientes se realiza con enlaces punto-multipunto de corta distancia, hasta cinco kilómetros, todo ello con tecnología adaptada a sus necesidades, comenta Rodler.

Para ahorrar costes, esta empresa recurre en general a los repetidores de televisión analógica de los ayuntamientos: "La verdad es que nos reciben con los brazos abiertos. A nosotros nos sale más barato y los usuarios se benefician", explica el fundador de Ensinca. El precio por una velocidad de un mega es de 17 euros mensuales, 35 euros por tres megas.  "El acceso a Internet es más importante en el ámbito rural", sostiene Radler, "porque puede aliviar la falta de muchos servicios básicos, como por ejemplo ir al banco, que supone para muchos de nuestros clientes un desplazamiento de más de 20 kilómetros, o comprar un periódico, que a veces supone incluso un viaje más largo".

El perfil de los usuarios de este tipo de Internet rural no es el de ’urbanitas’ que buscan refugio en pequeños pueblos, sino parejas entre 30 y 60 años. ¿Cuál es su motivación principal? Sus hijos, que están en edad escolar y necesitan cada vez más conexiones para ayudarse en sus estudios y relacionarse con compañeros del colegio que en muchas ocasiones están desperdigados en poblaciones a varios kilómetros de la suya. No sólo los particulares se ven aislados del mundo en las zonas rurales. Las empresas, desde pequeños talleres de fontanería hasta compañías como Enagás tienen que recurrir a estas empresas de telefonía.
  
A pesar de todo, la velocidad de descarga a la que puede acceder es aún pequeña. La descarga de archivos es en algunas localidades una auténtica necesidad por la debilidad de la señal de emisión de las televisiones desde la llegada de la TDT: "Muchas noches es imposible ver la tele, se queda sin señal cuando menos te lo esperas, hemos dado un paso atrás", cuenta Marcos con enfado. En algunos casos, como el del municipio de Baides, la falta de conexión es especialmente flagrante: por el pueblo discurre la línea férrea y junto a ella el cable de fibra óptica que permitiría disfrutar de la banda ancha. Sin embargo, a los grandes operadores no les resulta rentable ’tirar’ cable hasta un puñado de hogares; normalmente centran sus inversiones en zonas donde conseguir máximos resultados con relativamente poca inversión, es decir zonas densamente pobladas.
 
 Empresas como Ensinca demuestran que proporcionar Internet en lugares remotos también puede ser un buen negocio. Su fundador indica que "el número de conexiones ha crecido aproximadamente un 15% en 2010 y la empresa lleva dos años con beneficios". Concretamente, el año pasado cerraron con un beneficio de explotación de cerca de 15.000 euros. Es posible tener una conexión digna a un precio razonable en prácticamente cualquier lugar, comenta Rodler. "Nosotros tenemos clientes en un pueblo abandonado, que no tienen ni tendido de luz eléctrica y el único acceso es por una pista forestal de 8 kilómetros, o una pequeña central hidroeléctrica en un estrecho valle del Rio Tajo", afirma.
  
Una de sus ventajas frente a los grandes operadores es, paradójicamente, su pequeño tamaño. "La agilidad de una pequeña empresa hace que mientras los ingenieros de un operador de telefonía móvil están calculando la posibilidad de un enlace, nosotros ya tenemos a la gente navegando", afirma Rodler, que denuncia que "el mercado de las telecomunicaciones es todo menos libre". "En el medio rural hay una fuerte distorsión por culpa de las distintas administraciones provinciales, autonómicas y nacionales", afirma, y añade que "todos los operadores están a la espera de subvenciones para llegar a zonas que definen como no rentables".
  
En muchas ocasiones, la colaboración de los clientes o de los ayuntamientos para colocar los repetidores es fundamental, algo que no siempre sucede. El responsable de Ensinca confiesa que únicamente han tenido problemas en un caso, en el que solicitaron permiso para la instalación de una antena en un repetidor municipal. "La secretaria del ayuntamiento solicitó un informe a la Diputación Provincial de Guadalajara y después de 11 meses y varias llamadas contestaron que no eran competentes y que el informe había que solicitarlo a la Junta de  Castilla La Mancha", se lamenta. "Después de otros diez meses más tarde sin contestación, hemos desistido".
 
Noticia aparecida en EL MUNDO, el pasado 26 de marzo de 2011, firmada por José Luis Martín Vadillo y Pablo Romero
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