Paones, 4 habitantes según el Instituto nacional de estadística, datos de 2007.
Iglesia románica reformada en el XVIII y abandonada en el XX hasta su casi total aniquilación.
Conserva una fuente publica, un lavadero y un frontón. Tiene pavimentadas las calles y la plaza, la mitad de las casas en ruinas y la otra mitad en buen estado
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Tiene también una atalaya árabe junto a la que inexplicablemente se permitió contruir unas casas. Es posible que quede algún vestigio arqueológico de otra torre en los alrededores, a juzgar por los nombres de los parajes.
En los alrededores se encuentra el santuario rupestre de El Chorrón y el Espacio natural de La Cueva del Ojo, con pinturas rupestres. Ambos lugares necesitados de urgente protección, aparte del necesario estudio y reconocimiento oficial que los saque del anonimato y los convierta en recursos turísticos de primera.
Casi siempre que paso por Paones, estoy a punto de perder la esperanza. Este pueblo es un ejemplo vivo de lo que representa la despoblación, la muerte de una forma de vida. En realidad toda esta comarca de la Tierra de Berlanga lleva medio siglo de capa caída, pero en algunos pueblos esa decadencia se nota más que en otros.
La iglesia sigue poco a poco desmoronándose esperando como agua de mayo esa ayuda prometida y que nunca llega. En el Plan románico Sur, su arreglo o su reconstrucción estaba prevista para el pasado 2008, pero no se ha hecho nada hasta el momento. Este mes de marzo se ha visto llegar por fin a los montadores de andamios, con lo que todavía queda un rayo de luz para los incautos que creemos en la salvación de los pueblos.
Parece que la causa definitiva del hundimiento de la cubierta fue una mala gestión del obispado, dueño de la iglesia y de la casa que le hace frente al otro lado de la carretera (también en ruinas) que retiró parte de las tejas para reparar la colegiata de Berlanga. El desenlace era de esperar con unas bóvedas a la intemperie, el hundimiento no tardó mucho en llegar. Esto debió ocurrir hacia finales de los setenta y deja en muy mal lugar a un obispado que no mostraba ningún interés en conservar auténticas joyas arquitectónicas como lo debió ser en su día esta iglesia de Paones, que aunque no completamente románica, si que conservaba toda la cabecera de este estilo, incluyendo unas pinturas románicas y restos de esculturas en sus muros que según las malas lenguas algún cura se ocupó de arrancar a golpe de piqueta. Rescato del archivo este artículo de José María Lucas publicado en el Soria Semanal, un 14 de marzo de 1987. Es interesante como documento que muestra las amargas peripecias sucedidas en el pueblo y en su iglesia. Espero que Paones siga siendo pueblo muchos siglos y no un montón de ruinas, como parece que le auguran los tiempos. Y ustedes que lo vean.
PAONES PERTENECE AL AYER
Artículo de José María Lucas, 14 de marzo de 1987
Fue municipio hasta hace pocos años en que perdió su identidad y pasó a ser considerado como barrio de Berlanga de Duero de la que lo separan solamente 5,7 kilómetros. Ha sido uno de los pueblos de la provincia que más han sufrido el abandono de sus gentes.
En el año 1866, su población era de 351 habitantes, estando formado el pueblo por 29 edificios de una planta y cuarenta de dos, tenia agregado el anejo de Ciruela que lo formaban 15 edificios de una planta y 25 de dos. Cien años más tarde la población alcanzó la cifra de 450 almas, hoy, en el mes de septiembre de 1986 su población se ha reducido a la enorme cantidad de nueve personas, de las que cinco de ellas superan los 65 años de edad.
La cruza por el centro la carretera de Berlanga a Retortillo, a la entrada del pueblo nos encontramos con el edificio de la iglesia, desmantelada y hundidita. No lo puedo remediar, pero cada vez que veo una iglesia en esas condiciones, algo me dice que el pueblo ya no tiene salvación, a pesar que como en este caso, parezca que alguno de sus antiguos habitantes quieren demostrar lo contrario con la recuperación de viviendas, sobre todo en los tres últimos años, algunas de las cuales, que he tenido el gusto de ser invitado a visitar, reúnen unas condiciones de habitabilidad que no se pueden conseguir en ningún tipo de piso, amplias, modernizadas interiormente, dotadas de todo tipo de adelantos necesarios para poder vivir con gran comodidad, así y todo, puede que se sigan restaurando y mejorando algunas otras, el pueblo ha perdido su única belleza, la riquísima iglesia y el pueblo no volverá a ser nunca lo que fue, le faltará algo, le faltará su único monumento del que se encontraban orgullosos. Desde hace tres años, las fiestas se pasaron al día 15 de agosto, antes eran en el día de la Ascensión, en el mes de mayo, y se celebran desde entonces con gran animación de las más de 120 personas, niños incluidos, que viven durante los meses de julio y agosto.
Estuve hablando con Pablo Muñoz y su mujer, que residen en Madrid desde hace muchos años, están jubilados, tienen una casa reconstruida perfectamente y llena de todas las comodidades que se pueden tener hoy día, por lo que les pregunté si es que pensaban venir a residir al pueblo definitivamente al encontrarse ya jubilados. No, no se atreven a la aventura (aquí podríamos aplicar un párrafo del primer acto de Don Mendo: “Aventura es aquesta, que dura porque perdura el bodoque en mi ballesta”), así es, no se atreven porque aventura sería el estar en un lugar que la vida depende del bodoque de la ballesta. Se refieren y quejaban de la falta de servicios y asistencias, sobre todo médicas, ya que el médico sólo acude cuando son reclamados sus servicios.
Como es lógico pensar, las calles, excepto la carretera que parte el pueblo se encuentran sin pavimentación alguna. Hay teléfono rural, pero se da la circunstancia de que el hombre que lo tiene en su domicilio, es una persona que supera los 80 años y se va a trasladar, en unión de su mujer, a vivir a Valencia con sus hijos, y aún no se había decidido quién se iba a hacer cargo del mismo. Tienen agua y luz más que suficiente, pero carece de la seguridad de servicios imprescindibles para personas que se encuentran en edad avanzada, y ese temor, que no sólo lo tienen ellos, sino también alguno más que podrían decidirse a residir en el pueblo, es lo que en realidad impide que se puedan habitar, aun cuando sea por jubilados, un poco más el pueblo. De los nueve que residen en la actualidad durante todo el año hay cuatro que superan la edad de 65 años y del resto, no hay ninguno que sea inferior a los 45 años.
La iglesia fue construida sobre otra románica (casi todas las de esta zona han sido así) de la que conserva el ábside, precioso por cierto. En la parte exterior tiene cuatro columnas asentadas en ménsulas, dos con la talla de una cara de figura humana y las otras dos con la cabeza de una especie de macho cabrío. En el interior se encuentra, afortunadamente, desmantelado de sus altares, retablos y del órgano. Me quedo asombrado al ver que en muchos de estos pequeños pueblos existen en sus coros, órganos, algunos de ellos de muy buena calidad. Según el amigo Muñoz, muchos de los tubos del órgano fueron robados cuando se acostumbraba a emplearlos como tubo de escape de los coches, para mejorar el sonido de los mismos. Achaca la culpa del hundimiento de la techumbre y por lo tanto de la destrucción de la iglesia, al cura que la tenía a su cargo y al anterior Obispo Teodoro, que les prometió unas ayudas que no llegaron para poder retejar y cambiar alguna que otra viga.
En la parte del presbiterio, que es una verdadera maravilla, adosado a su derecha, hay una hornacina románica, arco, dos columnas y capiteles que harían desear poseerlo a más de una iglesia de la provincia y no digamos si fuese para particular, cuantos darían lo que les pidieran por poder tenerlo en su casa u hotelito de residencia. En los huecos dejados por los retablos, se pueden apreciar gran cantidad de piedras talladas, correspondientes a la antigua estructura románica que debieron, mejor dicho, fueron empleados para rellenar los muros de la nueva fábrica.
Pero ya estamos en los tristes detalles, al pie del presbiterio, hay una hermosa y gran losa o lápida, de una sola pieza, de gran grosor y no menos peso, que ha sido levantada (seguramente para poder depredar lo que se pudiese encontrar bajo la misma, que pudiera ser como siempre o casi siempre, nada), pero la pena no es lo que hayan podido encontrar bajo ella, la pena es que está izada y casi de canto, por lo que hay peligro que en cualquier momento se quiera poner, ella sola, en la posición que tenía y se parta en uno o más trozos.
Ahora me voy a permitir hacer una pregunta que sé de antemano que jamás tendrán ningún tipo de respuesta, pero que espero que alguna vez, por cansancio o por coger despistado al responsable del tema en la Diócesis de Osma, se decidan a dar algún tipo de explicación. ¿Qué se espera hacer con la iglesia de Paones, sabiendo que la reconstrucción de la misma y de sus tejados no se va a realizar? ¿Qué se piensa de esa joya románica que es el ábside y por lo tanto el presbiterio? ¿Se va a permitir que se vaya destruyendo y deshaciendo lentamente?
Cuando un hombre al igual que yo, recorre tantos y tantos pueblos de la provincia, ve tanto desastre y abandono, tanta destrucción de lo que es arte, también paisajes y naturaleza, se termina cansado, agotado, y duele el alma y hasta la raíz del pelo, al ver que no hay forma de conseguir explicación de alguien que sea el responsable de mantener y cuidar algo, que aún cuando ellos y muchos al igual, no le dan ningún tipo de valor o precio, hay que reconocer que lo tiene, y algo más alto de que parece. Pero sobre todo es que no comprendo cómo se permite destrozar y dejar abandonado a su suerte tantas y tantas joyas arquitectónicas y artísticas diseminadas por los cuatro puntos cardinales de la provincia. Luego se dice: “¡Ay!” Han abierto una ermita o iglesia y se han llevado tal figura y tal trozo del retablo. ¡Qué horror!”
¿Cuánto habría que lamentarse cuando vemos que se destrozan, sin beneficio para nadie, ni siquiera para los ladrones, tantos retablos y figuras, imágenes, ábsides, torres, etc, etc?
Te envío la foto de Berlanga que saqué desde el avión, el día 9 de marzo.
Vuelo de Iberia: Madrid a Bruselas. Hora aproximada: 12h50.
Creo que he conseguido ver Berlanga mejor de lo que relatas en el blog, sobre el viaje a París. Luego he visto de lejos Soria, hasta que empezaron las nubes.
Y en el avión, de vuelta, nos ha pasado por La Granja, la Bola del Mundo, nos ha dado la vuelta a Madrid por el Sur para entrar a Barajas. Así que a pesar de que en el recorrido han sido todo nubes, al llegar a la provincia de Segovia han desaparecido y ha habido unas buenas vistas.
En la foto se aprecia también Ciruela, Casillas y Fuente Tovar Saludos
Magistral artículo del Maestro Soros, sobre la feria de la Inmaculada en Berlanga, publicado en su blog Aceptando lo que venga, el 13 de agosto de 2007.
Los arrieros del pueblo, que nunca solían ir solos, dejaban Casillas y Romanillos a su izquierda y seguían la carretera blanca hacia Barcones. Apenas dejada atrás la linde entre provincias y mucho antes de que Barcones apareciera, se desviaban con sus reatas por un camino de tierra muy sobado, antigua Galiana de la Mesta, que, por derecho, les llevaba a Arenillas y de allí a Ciruela. Así evitaban el rodeo que da la carretera para pasar por Caltojar y antes por La Riba. Los arrieros se perdían la iglesia románica de Caltojar y la ermita de San Baudelio, que está entre Caltojar y Casillas de Berlanga, pero no creo que les importara mucho. A los arrieros estas sutilezas de turistas, que se pusieron de moda en el último cuarto del siglo XX, les traían sin cuidado pues sus caminos se regían por normas viejas de subsistencia, economía y distancia. Las finezas del arte románico, de las ermitas mozárabes, de las bóvedas de palmera, de los peristilos o los misterios de los eremitas no eran para ellos cosas de utilidad inmediata, ni de méritos muy reconocidos.
En Ciruela, a cuatro kilómetros de Berlanga, refrescaban o pasaban la noche, según se terciase, en la posada o venta de la Carretera. A veces, si la cosa se daba bien, en la misma posada se hacía el trato y los interesados se evitaban el acudir a la feria de Berlanga del día siguiente, 8 de diciembre. Eran estas ventas, situadas en las encrucijadas, abundantes en pesebres para las bestias (de algunas se decía que tenían tantos pesebres como días el año) y con amplias salas para que los viajeros, al amor de la chimenea con la lumbre en un hogar a un palmo del suelo, descansasen, se protegieran de las inclemencias del tiempo, comiesen, durmiesen o tratasen. Quien allí vendía o compraba, a su conformidad, iba sobre seguro, pues en la feria se podía vender, se podía comprar o, puede, que ni lo uno ni lo otro. Pero, claro estaba, volverse al día siguiente sin ir a la feria era algo que dejaba cojo el viaje.
A la feria de Berlanga, el 8 de diciembre como se ha dicho, acudían de los contornos gran cantidad de paisanos a comprar y a vender, tampoco faltaban los tratantes, ni los gitanos, que casi lo eran de casta, y en los últimos años, antes de que se extinguiera la feria de ganado en aras de la maquinaria agrícola, hasta asturianos y cántabros que bajaban con potros menudos y montaraces de su tierra, cargados en camiones. Por todos los caminos se veía acudir a la gente con su o sus caballerías, solos o en cuadrillas, para vender, comprar, cambiar... o lo que se terciara. Luego unos volverían a casa más contentos que otros. En la explanada de la ermita se amontonaban el personal y las caballerías. También en la zona del rollo. La zona se convertía en una amalgama de gente y animales. Caballos, yeguas, potros, asnos, pollinos, mulas, machos romos, burros enteros... Los probables compradores hacían correr a los animales tirándoles de la rienda y comprobando si estaban cojos o si no veían de algún ojo o si las mulas eran falsas... Otros les metían los dedos bajo los belfos y les descubrían los dientes para deducir la edad. Todos les miraban las patas para ver si iban calzados y si estaban bien herrados y, por supuesto, si tenían alguna herida, merma o cojera. -¿Cuánto pides por la yegua? -Mándame tú y ya veremos. Los hombres se daban la mano durante el trato y, a veces, se la mantenían estrechada un buen rato mientras regateaban para acabar llegando a un acuerdo entre subidas del comprador y recortes del que quería vender: -Dos mil quinientos duros y no te mando más. -¡Tuya es la yegua! Y ya no había vuelta atrás. Se finalizaba el apretón de manos con un postrer estrechamiento y aquello quedaba atado en la tierra. A veces no se ponían de acuerdo y se soltaban las manos haciendo aspavientos ostentosos y fingiendo despecho o, a veces, incluso desprecio por lo que se les mandaba o lo que se les pedía. Según los casos. Otras veces aparecían los mediadores que, indefectiblente, proponían partir la diferencia y que fuera el menos reacio al trato el que pagara el alboroque. Sin embargo los mediadores no siempre eran de fiar, por haber sido acordada su intervención previamente por uno u otro de los interesados. Menudeaban también los puestos ambulantes de accesorios para las caballerías, los capadores, los puestos de chucherías, la venta ambulante de gorrinos para criar y algún que otro herrador por si se terciaba vender o comprar o por si había que calzar algún animal para redondear un trato. No faltaban tampoco algunas vacas lecheras o terneros para carne. -Tío herrador, ¿qué es ese palo con esa cuerda que le ha puesto en el morro a la mula? -Eso, majete, es un torcedor o acial, descanso del hombre y tormento del animal. El herrador quitaba las herraduras viejas sacando los clavos de los cascos con unas tenazas, luego con el pujavante cortaba los cascos crecidos y los nivelaba para que sobre ellos asentaran bien las herraduras nuevas y, finalmente, clavaba éstas con maestría haciendo que las puntas de los clavos asomasen a la altura conveniente del casco donde los cortaba y remachaba. Si la caballería era rebelde o nerviosa necesitaba de alguien que la tuviera y si se veían mal la ponían en el morro el duro torniquete del acial. Una cosa hecha. La mujeres del pueblo ponían a vender sus mercancías, que eran generalmente ajos, en horcas o sueltos, y judías blancas, pintas o de bolillo, en los portales de sus casas y también, si sus casas no eran lugar de paso, en la plaza de la villa. Los viajeros que por la tarde volverían a sus pueblos llevaban algún presente que solía ser mantequilla dulce, blanca y rosa, y algún que otro bote de melocotón en almíbar para la familia que siempre esperaba que el padre les llevara algo de la feria. A la mayoría les gustaba comprarlo en la confitería del Torero que estaba bajo los soportales de la plaza y donde, ya de paso, compraban alguna participación de lotería de Navidad. Finalizada la misión de cada uno, las tabernas del pueblo se veían concurridas y, a la hora de comer, compradores y vendedores, tratantes y comerciantes, payos y gitanos y otras hierbas ambulantes llenaban el comedor den Ca El Vallecas donde lo habitual era comer de primero judías blancas y de segundo picadillo. Algunos echaban la espuela en el Casino o en alguno de los bares junto a la colegiata y poco a poco, según avanzaba la tarde, la muchedumbre se disolvía con la luz del día. Sí. Así era.
Francisco Sebastián, vecino de Bordecorex, nos envía esta ruta en bicicleta entre su pueblo y la iglesia de Alconeza, que puede verse ampliada pinchando en la imagen. La información es muy valiosa para todos los que todavía no conozcan el despoblado y los restos de su iglesia románica. Francisco, que colabora en el blog de Bordecorex, nos muestra el recorrrido desde Caltojar, aunque también se puede llegar, siempre por caminos de herradura, desde Ciruela, Casillas de Berlanga, Arenillas o Cabreriza. Google maps
Con el animoso gozo del buscador, apareció por Caltojar el Maestro Alkaest, artífice desde hace tiempo de tres bitácoras que el abajo firmante sigue con asiduidad, y con el respeto, veneración y sana envidia que provocan los que saben más que uno. Y de su visita, nos ha dejado una joya en el blog Laberinto Románico en la que nos contagia su entusiasmo por la "lectura" del exterior de la iglesia de San Miguel, descubriéndonos cosas que de puro familiares nos habían pasado desapercibidas. Esperando que este post tenga continuidad desgranándonos los secretos del interior de esta iglesia, les dejo con el artículo íntegro que reproducimos con la amabilísima licencia del autor (sus otros blogs son Picota y cepo, ejemplar espacio de denuncia sobre la falta de respeto al patrimonio artístico y Pájaros viajeros, una amena vuelta al día en ochenta mundos)
Templo de San Miguel, Caltojar (Soria).[Fotos 31 octubre 2008].
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El viajero puede contemplar el templo de Caltojar (Soria), extasiarse con su peculiar belleza, y aquí paz y después gloria... Pero la cosa no es tan sencilla. Y no lo es porque, el edificio, presenta una serie de signos que evidencian un pasado tortuoso. Cuando lo descubrimos, hace veinticinco años, nos resultó chocante, y hoy nos afirmamos en tal apreciación. Lo que, a simple vista, parecen peculiaridades constructivas, si nos fijamos con detenimiento, dan cuenta de los turbios manejos que tuvieron lugar en sus elementos arquitectónicos. ¿Se debe a que fue construido, al iniciarse el s.XIII, en una época de convulsa transición?
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El primer chasco es la perspectiva del lado Este, con el magnífico ábside “lombardo” y sus desfasados canes “mozárabes”. Perdón, ábsides, en plural, porque debía tener tres. ¿Cómo, que solo ven uno en la foto? Muy sencillo, ello se debe a que, los absidiolos laterales, han sido devorados por tardías estructuras –quizá del XVII o XVIII- que utilizaron los mismos sillares. ¿Sacados de otras partes del edificio? .
Restos visibles del pequeño ábside norte.
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El absidiolo correspondiente al sur fue demolido, y el norte quedó reducido a un fragmento semioculto. Al interior, ambas estructuras están cubiertas por sendos retablos que ocultan el desaguisado. La torre, románica, fue también muy transformada, aunque conserva la traza. .
Fijémonos, ahora, en la fachada sur. El cuerpo saliente que acomoda la portada, tiene un tejaroz de canes a base de rollos, como el resto del edificio, pero aquí los centrales, los que caen sobre la chambrana de la portada, han sido burdamente rotos para acomodar la curvatura del arco con cabezas de clavo. ¿Cómo es posible tal estupidez en una portada tan perfecta? Da la sensación de que falta una hilera de sillares, entre la chambrana y los canes, que ha obligado a destrozar éstos para acomodar forzadamente el tejaroz. ¿Es el resultado de alguna reforma? No debemos fijarnos, sin embargo, en el distinto color de los sillares, los que aparecen grises es porque la erosión les arrancó el baño protector, de color, con el que los canteros medievales protegían los sillares endureciendo la piedra.
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Hay más notas chocantes, la serena simplicidad de las románicas arquivoltas con cabezas de clavo y dientes de sierra, contrasta con el “barroquismo” de los capiteles, prácticamente góticos, y la vulgaridad plana de los relieves, a base de hojas, en las jambas escalonadas de los intercolumnios. .
Por si fuera poco, el tímpano, que recuerda el de Santiago del Burgo en Zamora, está presidido por un ángel de rudeza tal, que no sabe uno si imaginarlo obra de un artista primitivo o de un torpe artesano arcaizante. Desdice por completo del resto, pero, a su vez, el capitel pinjante que se encuentra bajo tal escultura, dividiendo el tímpano geminado, es de nuevo pomposamente gotizante con su “florido florón”, por más que la pieza escultórica del ángel parezca introducida con calzador entre las demás dovelas del tímpano. Item mas, ¿por qué lleva un bastón, que parece vara de constructor, en lugar de lanza o espada? ¿Por qué se protege tras un escudo, de sospechosa estructura céltica? ¿Qué gesto es el que hace con su mano derecha? ¿Y por qué falta el sillar original que estaba sobre la cabeza del ángel...? .
Regresando a las arquivoltas, hay un detalle que suele pasar desapercibido, los dientes de sierra llevan un baquetón curvo en su borde y tras él un surco, en todos sus picos. No, en todos no. De ellos, sólo veinte responden a este esquema. Uno, el segundo empezando por la izquierda, ha convertido el pequeño surco en grueso calado, como se ve en la foto, dejando el trozo de baquetón exento. ¿Por qué? ¿Acaso el cantero pensaba hacer ese trabajo en toda la arquivolta, pero hubo que terminar la obra aprisa y corriendo? ¿O se trata de un guiño, un signo, una clave que el artista medieval nos ha dejado para indicarnos algún sentido oculto?
Otros elementos, como el rosetón occidental decorado con ojas de acanto, la sencilla portada norte a base de capiteles vegetales, o una parte del ábside, están tan maltratados por el desgaste de los siglos, que no es posible analizar sus disonancias con ecuanimidad.
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No obstante, una ventanita en el lado norte del presbiterio, presenta su arco superior tallado con un sogueado y relieves vegetales –todo ello muy desgastado-, aunque el brusco corte del sillar en sus laterales, da idea de que puede proceder de otra parte del edificio y ha sido reutilizada. Es todo tan sereno y tan confuso, tan cisterciense, pre-gótico y arcaizante a un tiempo. Tan “lombardo” al par que “borgoñón”. Tan normal y tan extraño. Eso, sin contar lo que esconde en su interior... . Salud y fraternidad.
’La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz’
(Le Corbusier)
Amanece en el Señorío de Berlanga, mientras los rayos del sol, alto ya éste por la línea del horizonte, comienzan a acariciar las gotas de rocío que aún se adhieren a los cristales de las ventanas, liberando, en esa sublime combustión alquímica, pequeños orbes de luz, similares a esos mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, que don Antonio Machado comparara, en su intrínseca sencillez, con pompas de jabón. Desde la privilegiada altura de su impresionante castillo, el tañido de las campanas rivaliza con el sonido del viento -ese misterioso, poderoso e indómito cierzo- en tanto que a los pies del acantilado, las aguas del río Escalote no dan tregua al reposo, arrastrando quizás con ellas, ese barquito de papel que las manos inocentes de un niño posiblemente botó en los puertos de Casillas o de Caltójar, o quizás -¿por qué no?- desde esa fuente de aguas puras que, según dicen las buenas lenguas, sale directamente del corazón de la insuperable ermita mozárabe de San Baudelio.
En contraste con las ruinosas melladuras que el tiempo ha ido dejando en el otrora orgulloso palacio de fachada plateresca que perteneció a los Marqueses de Berlanga, la figura imponente de la Colegiata gótica de Nuestra Señora del Mercado atrae por completo la atención, ocupando el centro de la ciudad, elevándose por encima de todos los tejados como un soberbio Leviatán.
Digno exponente de ese ’art-goetico’ o ’arte mágico’ definido por el maestro Fulcanelli en relación al arte gótico al que pertenecen las grandes catedrales, la Colegiata de Nuestra Señora del Mercado fue construida en apenas cuatro años, en el periodo comprendido entre 1526 y 1530, bajo la dirección del maestro de obras burgalés Juan de Rasines.
Hasta el siglo XV, existían en la antigua Augusta Valeránica romana, diez parroquias -sumidas en la pobreza, si hemos de hacer caso de las crónicas- que, una vez demolidas, fueron reunidas en la de Santa María del Mercado, posteriormente convertida en Colegiata en el año 1511, por bula del Papa León X. Pertenece, pues, al estilo de transición que va del ojival al renacentista, aunque, como hemos podido observar, a su ser está íntimamente ligada una buena dosis de savia románica.
María Jesús Moreno Varas es una mujer solícita -como tuve ocasión de comprobar-, discreta y devota; de aspecto menudo, edad indefinida y cabello blanco, en su rostro el tiempo ha labrado profundos surcos que las vicisitudes de la vida, es de suponer, fueron regando con el agua salada de las lágrimas y del sudor. Pertenece, pues, a una generación que no lo tuvo nada fácil.
En un primer momento puede parecer brusca, y de trato seco y difícil; pero no es ni una cosa ni la otra: tan sólo es sorda de un oído, y esa pérdida hace que involuntariamente ignore una mitad de mundo, que a su edad, posiblemente ya no eche de menos.
Vive muy cerca de la Colegiata, en el Convento de las Monjas, a donde hay que ir a buscarla para que nos acompañe con la llave, permitiéndonos visitar el interior.
Se trata éste, una vez dentro, de un lugar cuyas proporciones pueden llegar a causar vértigo y donde, para admirar todos los detalles, habría que disponer de alas como los pájaros, pues ni siquiera el zoom de la cámara es capaz de llegar tan talto y la luz del flash apenas resulta suficiente para penetrar una oscuridad que a veces resulta tan espesa como un agujero negro.
Intimamente asociada, como la propia ciudad de Berlanga, a la figura ilustre de Fray Tomás -que fuera obispo de Panamá y mediador entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro, por orden del rey Carlos V- los primeros pasos en el interior nos llevan directamente a acordarnos de él. Sería imposible no hacerlo cuando, ignorantes de lo que vamos a encontrar, nos sorprende la aterradora mole del ’monstruo’ que el viajero lego trajo de las Indias, y que ayudó en gran medida a alimentar la leyenda de las terribles criaturas que moraban allende los mares, en aquélla tierra de riqueza y promisión.
Lugar indiscutible de espacios y dimensiones; de sombra y de luz, no resulta difícil experimentar cierta sensación de vértigo cuando, situados en cualquier punto de la nave, alzamos la vista y contemplamos ese bosque de columnas y bóvedas que dan la impresión -como la palmera de San Baudelio- de pretender alcanzar el cielo.
Tampoco pasa desapercibida la curiosa mutación producida por los rayos del sol al filtrarse a través de los vidrios de los ventanales, dibujando -a pinceladas de color amarillo y ocre- jirones semejantes a velámenes de navíos que se extienden por columnas y paredes. Es la magia de los claroscuros, que proyectan entre bambalinas sombras animadas que flirtean con la luz.
Fiel a la costumbre de aquellos tiempos de servir de lugar de reposo eterno para los restos mortales de nobles y gente influyente de la época, podemos observar, en la primera capilla que nos encontramos a nuestra izquierda, el sepulcro, notablemente labrado de los Bravo de Lagunas, progenitores del famoso comunero, Juan Bravo. Enfrente de él, descansando sobre una pequeña hornacina situada en la parte baja del retablo, una figura de la Virgen -de posible ascendencia gótica y sin policromar, en apariencia- llama poderosamente la atención. Dado que la verja de la capilla está cerrada con llave y además ésta se encuentra envuelta en penumbras, apenas se aprecian los detalles suficientes como para poder comentar y sobre los que basar una suposición. Salvo que, al contrario de lo que se pueda pensar en un principio, no se trata de la reina indiscutible y Patrona de Berlanga por excelencia y devoción popular: Nª Sª del Mercado.
Se halla ésta situada en el lugar de honor del Retablo Mayor -pieza del siglo XVIII, de madera sin policromar y columnas salomónicas-, enfrente de esa simbólica Puerta del Cielo que constituye el altar. Sedente, mayestática; imperando sobre el tiempo, denotando una especie de sabia sonrisa; mostrando unos atributos comunes a una gran mayoría de Vírgenes que fueron suavizando, progresivamente, el primigenio color negro de su piel, aunque sin dejar de conservar las características de un modelo artístico, filosófico y mistérico iniciado por evangelistas como San Lucas.
Resulta curioso, también, ver sus mejillas sonrosadas y el pomo o melocotón -me decanto por esto último- que porta en su mano derecha, dando la impresión de que el artista que la labró pretendiera resaltar la importancia del fruto en cuestión, cuyo simbolismo, en numerosos lugares no exentos de una antiquisima sabiduría, como China, va asociado a la idea de longevidad y de inmortalidad.
El Niño descansa sobre la pierna izquierda de la Virgen, y a juzgar por el gesto de los dedos de su mano derecha, parece mantener una actitud de bendecir a todo aquél que se acerca lo suficiente -no mucho, desde luego, si María Jesús se encuentra por las cercanías, so pena de recibir una reprimenda- mientras sostiene un libro cerrado -puede tratarse, incluso, de una pequeña caja- en su mano izquierda.
Al igual que en la Concatedral de San Pedro, en la Colegiata de Nª Sª del Mercado puede admirarse una excelente pintura de la Virgen de Guadalupe, otra Virgen milagrera con una mistérica historia asociada, muy venerada en numerosos lugares del mundo.
Lugar de reposo también de los restos mortales de Fray Tomás, se puede admirar una talla de éste, portando en las manos un pequeño barril, es de suponer que de ron, en recuerdo de lo traído de las Indias, como la piel disecada del cocodrilo o caimán. Se encuentra dicha talla situada junto a otra de excelente calidad, que representa a un Cristo martirizado, mostrando en toda su extrema crueldad las heridas de la tortura y la Pasión.
Algo más allá, y cerrada también con llave, se encuentra la capilla de Santa Ana, donde se puede contemplar un retablo de clara influencia flamenca. Y situado en el mismo lateral, el buscador de misterios, puede detenerse unos minutos y meditar contemplando aquélla otra figura de San Cristóbal, cayado en mano y Niño sobre los hombros que, poco menos que desvirtuado por los poderes fácticos, invita a continuar viaje; a no desfallecer ni rendirse en el Camino, y a seguir disfrutando de la belleza y el misterio de una tierra sin duda mágica, puntal indiscutible de una Reconquista que, a pesar del tiempo transcurrido y lo que pueda o no aburrir en los colegios hoy en día, constituye una de las páginas doradas de la Historia de nuestro país y merece ser siempre recordada.
’La vida es un viaje, es sólo un único viaje; a lo largo de ella hay sólo un camino, un bosque oscuro, una colina, un río que cruzar, una ciudad a donde llegar; un amanecer, un anochecer; sólo que uno encuentra, muchas veces, cada uno de esos hitos: lo aprehende y lo comprende, lo describe y lo olvida, lo pierde y lo vuelve a encontrar’
John Crowley. ’Aegypto’
Como el protagonista de ésta esotérica novela de John Crowley, confieso que a veces yo también tengo la sensación de vivir, en una aparente realidad, dos historias diferentes. Me ocurre a veces, cuando visito un lugar, y regreso al poco tiempo. Percibo la nueva realidad, y al tratar de compararla con los recuerdos anteriores, siento que me falta algo. Que hay un añadido o una infinidad de detalles nuevos, que hace que vea las cosas de forma diferente.
El sábado pasado, mientras recorría parte de la Comarca y Tierra de Berlanga, apenas me abandonaba un instante la curiosa sensación que tenía de que estaba viendo esos lugares, que he visitado tantas veces, por primera vez.
Berlanga de Duero, señorial y tranquila; protegida, desde los tiempos en que fuera frontera y vanguardia de la Reconquista, por unas sólidas murallas y un castillo enclavado -cuál nido de águilas- en lo más alto de un promontorio cuya parte trasera, recortada a pico diríase que por el hacha de un gigante, vigila, también, el paso sempiterno y susurrante de las aguas del río Escalote.
Solitarias y tristes, las ruinas del monasterio franciscano de Paredes Albas, situadas en un pequeño promontorio al pie de la sencilla y estrecha carretera local que atraviesa el pueblecito de Ciruela; deja atrás Casillas de Berlanga, y antes de llegar a Caltojar, enlaza con una pequeña arteria que desemboca, ascendiendo entre colinas, en la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. ¡San Baudelio! Como buen gourmet, es difícil no saborear intensamente los ingredientes que conforman este genuino y auténtico plato fuerte.
Trato, por un instante, de imaginarme esos cerros pelados; esas colinas, con sus solitarias quebradas que se extienden hasta el infinito, y por un instante -posiblemente igual de breve que el tiempo de vida de una cerilla- el paisaje se transforma en un bosque tupido; inconmensurable; sobrenatural. Hay una estrella -posiblemente la estrella Polar- que señala el lugar donde hombres santos y eremitas buscan la Luz de Dios en lo más recóndito de su corazón.
Después, imagino ver, en la parte más baja del cerro, aproximadamente donde ahora se encuentra la carretera, una senda forestal, por la que huye despavorida la caballería sarracena, derrotada por el empuje incontenible de los reinos cristianos en expansión: entrechocar de espada y cimitarra; relinchos de caballos; gemidos de agonía; enfrentamiento fratricida de culturas...
Un ruido de pisadas en la gravilla del camino, convierte mi ensoñación en frágiles pompas de jabón, que no tardan en estallar y desaparecer al entrar en contacto con la realidad. Se trata del guarda de San Baudelio, que se acerca cansino, a desgana, con su rostro adusto y aburrido, posiblemente hastiado de abrir la puerta de la ermita a gente que -en su opinión- no valora en realidad semejante maravilla. Tal vez sienta celos de compartir con alguien una obra de arte que en su momento, algunos vecinos no supieron conservar, y hoy languidecen de nostalgia -cuál emigrante- al otro lado del Atlántico.
No son pocas las veces que me he acercado a San Baudelio y siempre me ha llamado la atención este señor, un caso atípico de introversión en la provincia; tan poco complaciente a la hora de permitir la subida de los escalones que llevan al coro, como acceder a consentir la utilización del ’flash’ en la cámara, que poco o ningún daño puede hacer ya a unas pinturas que no existen; tan buen buscador, sin embargo, de excusas formales, en las que siempre tiene la culpa el ’director’, y que me recuerda el fósil antediluviano que continúan siendo los organismos oficiales de este país, y que apenas han cambiado desde los tiempos de Mariano José de Larra y su famosa crítica del ’vuelva Vd. mañana’. Su parquedad de palabras, así como la ausencia de cualquier gesto de benevolencia que, en lugar de hacer la visita un acontecimiento digno del lugar sublime en el que te encuentras, consigue que en el fondo -y por respeto al espíritu sagrado del lugar- humilles la cabeza hacia el suelo como los bueyes, acortando el tiempo que pensabas permanecer en el interior, impregnándote con la esencia del lugar, sabedor que, un minuto más en su compañía, puede significar una retirada de puntos en el carnet particular de tu educación.
De retorno a la arteria principal, con un agridulce sabor de boca, el camino continúa hasta Caltojar, distante apenas un par de kilómetros del oasis de San Baudelio. Parten de este punto, otras dos pequeñas arterias: la de la izquierda, lleva a Bordecorex y a la atalaya islámica de La Veruela; la de la derecha, se adentra en el corazón de Caltojar, donde se yergue, sólida y espléndida como una montaña, la iglesia románica de San Miguel Arcángel.
Este paladín celestial, guerrero y juez, ángel psicopompo equivalente al Anubis egipcio, preside el pórtico de entrada de este interesante templo románico, quizás uno de los más importantes de la región, habida cuenta de que los que existían en Berlanga, constituyen hoy día el armazón fundamental de la Colegiata de Nª Sª del Mercado.
La arquitectura de Caltojar -común a la de muchos pueblos de la provincia- combina las tosquedad añeja de las casonas de adobe y piedra con sabor a tradición, con esa otra fría idiosincrasia que tienen las edificaciones rurales modernas, que tienden a elevarse en varias plantas, estrechas y cubiculadas como juncos, aprovechando hasta el último centímetro de terreno. Por eso, no resulta extraño ver conjuntado un estilo con otro, como si de las piezas de un irregular puzzle inmobiliario se tratara.
Dejo atrás Caltojar, cuando las primeras gotas de lluvia comienzan a caer, sin cruzarme con nadie en mi camino de regreso a Berlanga, y aún me queda ruta por hacer. Atrás quedan, también, el castillo y las murallas, así como el desvío hacia el mundo pétreo, espectacular y fantástico de Tiermes.
Unos metros más allá, y antes de llegar al rollo gótico o picota donde antiguamente se llevaban a cabo los castigos populares, me desvío por un camino rural, sin asfaltar, que, atravesando extensas llanuras donde en ésta época del año predomina el color verde esmeralda de la hierba en pleno desarrollo, conduce hasta el pequeño pero interesante pueblo de Aguilera. El trayecto es relativamente corto, aproximadamente dos kilómetros, durante los que nunca tienes la sensación de encontrarte aislado -sensación común a otros lugares de la región- pues incluso en la distancia siempre tienes como referencia el espectacular promontorio bajo el que se asienta, así como el obelisco -enhiesto como un mástil- de la iglesia románica de San Martín, un curioso exponente de la arquitectura religiosa y rural del siglo XII.
Se comenta que Aguilera fue tierra de templarios, aunque sea difícil encontrar evidencias claras que así lo demuestren, si exceptuamos, como reseña, la curiosa estructura cubicular de la iglesia, que pudiera tener alguna relación. Visto desde el elevado lugar sobre el que se asienta la iglesia -cuando no a través de los arcos de ésta, lo que garantiza, además, la visión de un paisaje espectacular- el pueblo conforma una piña de casas agrupadas que, de alguna manera, recuerda la distribución de los antiguos castros celtíberos. Por supuesto, pasado y presente se hacen el relevo, siempre y cuando no lejos de algunas casas en ruinas, se levantan los cimientos de nuevas construcciones que, a no tardar mucho, irán sustituyendo la morfología de un pueblo con genuino sabor a tradición.
Son de destacar, por otra parte, sus bodegas, que, en forma de cuevas o subterráneos, se adentran en el corazón de la colina. Con la grata sensación del humo proveniente de una chimenea -sobre todo ahora que la lluvia comienza a caer con más intensidad- que me recuerda el calor entrañable de un hogar, abandono un lugar que, con o sin templarios, aún mantiene vivo un añejo e inolvidable sabor a tradición. Con un agradable sabor de boca, pues, dejo atrás la Tierra de Berlanga, y sin importarme la lluvia que cae, me dirijo hacia la Tierra de Osma, y más allá, aún, a San Esteban de Gormaz. Pero claro, eso forma parte de otra historia.
El video y el artículo son gentileza de Juan Carlos Menéndez, desde su blog "Se hace camino al andar"
La ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, construída a fines del siglo XI, es uno de los monumentos más originales y emblemáticos del extraordinario patrimonio histórico-artístico que guarda y tutela la Comunidad de Castilla y León.
Situada en el cruce de caminos entre las dos Castillas, y también cerca de Aragón, la iglesia de San Baudelio fue, en la época en la que se erigió, un punto de encuentro entre los pueblos y las culturas que cohabitaron durante largo tiempo en aquellos escenarios fronterizos. Su imagen estética mestiza, muy afín a ciertos registros de la sensibilidad de nuestra civilización, la hacen hoy especialmente atractiva para toda clase de gentes, para los eruditos que la analizan y para los públicos no especializados que la contemplan con curiosidad cívica y culta.
Por todo lo anterior , puede asegurarse sin hipérbole, que la iglesia de San Baudelio es en la actualidad una de las tarjetas de presentación con que Castilla y León acoge, en aquella extremadura del suroeste soriano, a sus cada vez más numerosos visitantes.
[Escolano Benito, Agustín "San Baudelio de Berlanga, guía y complementarios". Necodisne ediciones. 2005]
La ’extremadura’del suroeste soriano. Un lugar yerto, aunque de sobrecogedora belleza; con abundantes colinas y páramos, donde sobreviven especies de monte bajo y plantas aromáticas; un lugar, en la actualidad, donde no es difícil observar las evoluciones de diferentes aves rapaces, estáticas como cometas que planean a su libre albedrío sobre infinitos espacios, desafiando a un viento que, cuando se desliza a ras de suelo, levanta torbellinos de arenisca y polvo, susurrando, al oído del visitante que se detenga el tiempo suficiente y quiera escuchar, mensajes de soledad y de enigmática trascendencia. Puede decirse que los cambios producidos en el entorno de San Baudelio a lo largo de los años, son múltiples y variados. De ellos bien podrían hablar los habitantes de los pueblos cercanos -Casillas de Berlanga y Caltojar- y también aquellos otros que residen en la señorial Berlanga de Duero, los mismos que sonríen con natural orgullo cuando observan la admiración con que unos ojos foráneos contemplan, en primer lugar, su castillo y sus murallas, antes de perderse por sus calles y deleitarse con los manjares de sus bares y tabernas.
Es muy posible que resulten más evidentes aún, si cabe, en el Cantar de Mío Cid, pues es bien sabido que don Rodrigo conquistó la plaza a los musulmanes en el año 1087, siendo nombrado ’señor de Berlanga’ por el rey Alfonso VI, lugar donde residió durante algún tiempo, antes de continuar viaje hasta Valencia.
Es a ese tiempo al que nos referimos ; un tiempo oscuro y misterioso, que se sustenta con dificultad a lomos de la historia y la leyenda, cuando en lugar de páramos desolados, existían extensos bosques que apenas dejaban entrar la luz del sol, y donde una chispa de genialidad -posiblemente motivada por el sueño imperecedero de la leyenda griálica asociada- hizo que, oculta como en el confortable seno de una matriz, se levantara todo un símbolo de iniciación, de fe, de convivencia y de esperanza, más allá de esa vanguardia cristiana y su correspondiente retaguardia musulmana, que se desangraban en la ribera del Duero, mientras avanzaban unos y retrocedían otros: la ermita de San Baudelio.
Levantada sobre una cueva con varias ramificaciones que una vez fueron hogar y morada de místicos eremitas, resulta imposible hablar de ella, sin comentar, siquiera sea de pasada, el símbolo sublime por antonomasia, sobre el que se sustenta, y por el que posiblemente sea tan conocida o más que por sus extraordinarias pinturas: la palmera.La visión de la palmera, como pilar central, columna que sustenta el mundo o, de manera más abreviada, Axis Mundi, produce una curiosa sensación de perplejidad y admiración a un tiempo, siendo uno de los principales elementos clave con los que primeramente se encuentra el visitante -temeroso al principio cuando se encuentra con la vulgar sencillez de su estructura exterior-, una vez franqueado el umbral.
En efecto, símbolo clave a la hora de representar la conexión Cielo-Tierra -entierra sus raíces profundamente en la tierra, mientras eleva sus ramas hacia el cielo, como una especie natural, comparativamente hablando, de ’escalera de Jacob’- la palmera, como el roble y otros árboles considerados sagrados por numerosos pueblos desde la más remota antigüedad, constituye un ilustrativo ejemplo del vínculo indisoluble entre los hombres y la divinidad, cuyo punto clave o ’umbral’, pudiera localizarse en esa especie de cubículo que oculta entre sus ramas, denominado ’linterna de los muertos’. Recordemos la importancia de la orientación de las edificaciones románicas, a la hora de situar este umbral; es decir, no la puerta principal de acceso al templo, como pudiera suponerse a priori, sino el punto preciso de la iglesia que sirve de vínculo entre el cielo y la tierra. O, metafóricamente hablando, el preciso lugar que se suponía era "tocado" por el dedo de Dios; esto es, un rayo de luz que incidía a determinada hora en un determinado punto y tenía un carácter tan sagrado como el altar o Puerta del cielo.
Considerada por algunos paleontólogos como el árbol más antiguo del mundo, su simbolismo es tan variado, como fascinante, apareciendo como elemento clave en numerosos pueblos y culturas. Tomando ésta premisa como base, y remontándonos en el tiempo, podemos decir que uno de dichos pueblos, como por ejemplo, el egipcio, veía en la palmera un símbolo de inmortalidad, de victoria sobre el tiempo, utilizándolo como uno de los jeroglíficos que representaban la fiesta del Heb Sed, o el Jubileo del Faraón; en definitiva, la fiesta por la que el Faraón, al igual que los dioses, se renovaba y rejuvenecía. También la asociaban con Ra, dios del Sol, en un sentido manifiesto de muerte y resurrección.
La rama de la palmera, se ofrecía, también, a los vencedores como símbolo de triunfo, y entre los símbolos utilizados por el Cristianismo, tenía varias consideraciones: una como imagen de la Virgen (’esbelto es tu talle como la palmera’, cita el Cantar de los Cantares) y otra como símbolo del triunfo sobre la muerte a través del martirio. No es de extrañar, por tanto, que los mártires sean representados, generalmente, con una rama de palmera en la mano. Incluso, en ocasiones, se puede apreciar dicha rama en la mano del arcángel Gabriel, en algunas escenas de la Anunciación, y sobre todo, cuando éste le anuncia a la Virgen la proximidad de su muerte. C. G. Jung veía en este árbol el símbolo del alma. He aquí, brevemente expuesta, la importancia de dicho árbol y su relevancia como elemento principal de la ermita mozárabe de San Baudelio.
Pero no se puede continuar hablando de San Baudelio, sin hacer un pequeño inciso y poner de manifiesto la dolorosa sensación de vacío; de especulación y de amarga burla técnico-burocrática que en 1926 -y con el consentimiento, previo pago, de algunos vecinos de Casillas- permitió que las pinturas de aquélla pequeña ’capilla sixtina’, poco menos que oculta entre los montes y páramos de la Tierra de Berlanga, cruzaran el Océano Atlántico y sean hoy día admiradas en museos foráneos como The Metropolitan Museum of Art de Nueva York, en su sección ’The Cloisters’.
Cómo no podía ser de otra manera, tratándose de unos ’expertos en importar Historia ajena’, allí duerme el sueño eterno del exilio la flor y nata de la representatividad pictórica que hizo de San Baudelio un auténtico utensilio de paz, de enseñanza, de civilización y de cultura, y donde, por añadidura, al decir de los expertos, se puede apreciar con mucha mayor determinación la influencia de varios estilos artísticos, que ponen de manifiesto una de las cualidades de tan peculiar y sagrado lugar: la transigencia, en su acepción más pura de convivencia y hermandad.
Es por este motivo, triste, vuelvo a repetir, que la fascinación se torna decepción cuando el curioso -alentado por la gratificante sensación que supone encontrarse en un lugar especial- no encuentra rastro alguno del ángel y los soldados ante el sepulcro de Jesús; o la escena donde se representaba a las tres Marías; o aquélla otra, maravillosa en su conjunto y repleta de interesantes, simbólicos y genuinos matices, que mostraba a Jesús devolviéndole la facultad de la vista a un ciego.
Tampoco tendrá la oportunidad de poder satisfacer su curiosidad, deleitándose con la observación de los detalles de la resurrección de Lázaro o el milagro de la conversión del agua en vino, correspondiente, este último, al episodio de las bodas de Canaán. Ni de valorar la fuerza emotiva de las tres tentaciones y la entrada, triunfal y majestuosa, de Jesús en Jeruralén...
Si alcanzará a ver, sin embargo, en la pared situada enfrente de la puerta de acceso, junto a los escalones de ascenso al coro, algunas huellas, quizás de ésta última escena, y es posible que, a partir de las improntas de las cabezas de los nobles animales, se imagine a Jesús sentado en el lomo de uno de ellos, con los apóstoles caminando detrás de Él.
Mal que bien sí podrá intentar poner a prueba el poder de su imaginación, dejando que ésta repase las huellas e improntas que aún permanecen en el lugar, intentado moldear en su mente la fuerza original de expresividad y color, contenidas en las escenas cinegéticas de la caza de la liebre; o aquéllas relacionadas con el guerrero -de probable origen mozárabe- que avanza con el escudo pegado al cuerpo, seguramente encaminándose a alguna batalla imaginaria, o quizás -¿por qué no?- huyendo muy a su pesar del plantígrado que camina a cuatro patas en la pared del coro, no muy lejos de donde se sitúa, con toda su expresividad exótica, la imponente figura de un dromedario.
Sólo expandiendo su imaginación, el visitante podrá llegar a representarse un atisbo de lo que fue y significó la ermita de San Baudelio de Berlanga, y quizás comprenda y asuma aquélla significativa y terrible frase de Catalina II de Rusia, que decía: ’lo mío no es amor por el arte, es voracidad, glotonería, ansias de devorarlo y saciarme de él’.
Este artículo ha sido cedido amablemente a este blog por Juan Carlos Menéndez, y trasplantado desde ROMANICA, ENIGMAS DEL ROMANICO ESPAÑOL, que es uno de los blogs en los que este madrileño errante descarga su curiosidad y su afan de conocer y de entender lo que le rodea. De sus andanzas por nuestra provincia deja huella en su blog Soria, se hace camino al andar; y tiene espacios dedicados a nuestras provincias hermanas de Guadalajara y Segovia.
Hola, soy Iván Aparicio, presidente de la Asociación soriana para el recuerdo y la dignidad, la Asociación para la recuperación de la Memoria Histórica de Soria.
El sábado 1 de septiembre de 2007 vamos a llevar a cabo la exhumación de los restos de Quirico Esteban, una de las personas de Berlanga de Duero y alrededores que iban a ser fusiladas en el término de Bayubas de Abajo el 9 de septiembre de 1936. Ese mismo día logró desatarse y huir. Tres días después del fusilamiento de Bayubas, Quirico fué visto por los alrededores de Casillas, localizado por la Benemérita y fusilado allí mismo. Sus restos están en un paraje conocido como Valdeburgales.
Es allí donde nos reuniremos para sacar sus restos (a petición de la familia) y llevarlos a un lugar digno. En estas ocasiones solemos emplazar a los habitantes de los lugares cercanos y a quien quiera acudir, a que acompañen a la familia y participen con su presencia, en el rechazo de la barbaridad que producen las guerras y las personas, cuando pierden la razón. El sábado 1 de septiembre estaremos allí desde las 8 de la mañana y si el sábado no diéramos con sus restos, seguiríamos el domingo. El lugar estará señalizado. Está en la carretera SO-152 (dirección a Sigüenza desde Berlanga de Duero), en el tramo entre Casillas de Berlanga y Caltojar, a mano derecha una vez pasado el desvío a San Baudelio.